EL EN SÍ DE UNO




Había pasado todos esos meses, de principios de abril a finales de marzo, hundido en la laguna, a veces turbia, a veces clara y transparente, de su existencia. Muchas veces había estado durante un tiempo capturado por un escritor o un filósofo, y había pasado meses hundido en la masa de escritos de un autor —por ejemplo Malcolm Lowry o Jean-Paul Sartre— y había leído todo lo escrito por él y todo lo escrito sobre él, pero ahora, aunque el sistema, para verlo así, era el mismo, todo era distinto porque el sujeto de la investigación era él mismo, el sí mismo, dijo con una carcajada. El sí mismo, el en sí de uno, pero como uno no es uno, sino otro y otro, en un círculo abierto, se comprende que la forma de expresión debe ser fiel a la contingencia y al desorden y que su único modo de organización debe ser el fluir de la vida misma.
Ricardo Piglia


Llevo un tiempo leyendo diarios. Hay algo en esa clase de materiales que me fascina. Desde la primera vez que me topé con “El oficio de vivir” de Cesare Pavese, no he parado de vez en cuando de detener mis lecturas en curso, y volver sobre las obras autobiográficas como tratando de encontrar respuestas. Suele coincidir con momentos decisivos (y algo desorientados) de mi propio trabajo literario. La prosa que se desenvuelve en los libros memorialísticos constituye un territorio especialmente apto para la reflexión “aparentemente” metaliteraria. Sin embargo, no están ahí los atributos que más me interesan. Más bien al contrario. En la escritura de dietario, sobre todo cuando es buena, lo de menos (para mí) es el costado del “yo biográfico y sus anécdotas”, y lo de más la perplejidad sobre el mismo hecho de escribir, el temblor de la propia subjetividad, las conexiones infinitas entre el ser íntimo, existencial, y el ser histórico, social, que aflora en cada instante sin que el autor lo quiera. Incluso más allá. Mi lectura de diarios está completamente atravesada por esta cita de Franz Kafka que que sigue resumiendo a la perfección las contradicciones de este tipo de obras:

“La escritura me niega. De ahí mi plan de investigaciones autobiográficas. No biografía, sino búsqueda y descubrimiento de elementos lo más reducidos posible. Ahí es donde me edificaré luego, igual que un hombre cuya casa se tambalea quiere construir una sólida al lado, a ser posible sirviéndose de los materiales de la vieja. Lo que sin embargo resulta molesto es que las fuerzas le fallan a mitad de la construcción y que, en lugar de tener una casa tambaleante pero entera, ahora tiene una casa medio destruida y otra medio acabada, es decir, nada. Lo que sigue es pura locura, es decir, algo así como un baile de cosaco entre las dos casas, baile en el que el cosaco rasca y despeja la tierra con los talones de sus botas tanto tiempo como es necesario para que su tumba se excave bajo él.”

Los diarios de Emilio Renzi constituye el tercer volumen, y última entrega completa, del autorretrato que el propio Ricardo Piglia trazara de sí mismo. Durante más de cincuenta años Renzi fue su álter ego, el personaje de sí mismo, recogido minuciosamente en distintos cuadernos que fueron traspasando décadas y lugares. En este ejemplar encontramos tres materiales muy distintos. La primera parte se titula “Los años de la peste” y trascurre entre 1976 y 1982. Un periodo criminal para la historia argentina que se filtra como veneno en las páginas de la obra. Estremece esa vida al borde al miedo, en una Buenos Aires asfixiada por la brutalidad y el crimen. Y cómo incluso en circunstancias tan difíciles, la vida hecha escritura se impone, bracea contra las circunstancias. La segunda parte, “Un día en la vida”, es una narración “en la que Renzi cede la palabra y se convierte en personaje contado en tercera persona”. La tercera parte lleva por título “Días sin fecha”, y tal y como se nos dice en la contraportada “reúne anotaciones de los últimos años, en las que se evocan instantes de felicidad, la última clase en Princeton y la aparición de la enfermedad que de modo lento pero implacable impone su ley”.



La lectura de este libro ha sido muy reveladora para mí. Me ha permitido entender con mayor profundidad varias dimensiones esenciales de la literatura. La primera de ellas es tomar conciencia del hilado de “la realidad en la ficción”, y sobre todo su vuelta, la “ficción en la realidad”. Cómo ambas laderas de lo literario se superponen, se cruzan, habitan nuestras vidas disolviendo toda apariencia de solidez. La literatura es siempre porosa, líquida, y no porque vayamos ahora a repensarla desde esas categorías tan posmodernas que se hicieron famosas hace ya algunos años de la mano de Zygmunt Bauman, sino porque por muy sólida y compacta que parezca ser la experiencia literaria, su reflejo nos deja casi siempre un poso de indecibilidad. El mundo que se traspira en lo literario desestabiliza el propio mundo, lo descompone, lo problematiza, lo bifurca. Los “yoes” se vuelven “otros”, los “otros”, “yoes”. Piglia que es Renzi que es Piglia, se vuelve escritura, es decir, no sólo un ser o un no ser, sino sólo escritura, y en tanto escritura el sujeto inoculado se desplaza de lo ficcional a lo real en un camino iterativo constante. “El en sí de uno” es su completa desestabilización, su “borradura”, la imposibilidad de fijar límites entre el ser interno y el mundo real y ficcional que lo componen. Por eso, al leer estos diarios, lo que me ha deslumbrado no sólo era la peripecia moral, intelectual, cotidiana del Piglia-Renzi en diferentes momentos históricos, sino sobre todo su paulatina disolución como sujeto en escritura. O mejor dicho, en un “ser para la escritura”.



Otra de las dimensiones que me han resultado fascinantes de este libro es seguir constatando que eso que pomposamente llamamos individualidad, no es más que una heteróclita, dispersa, indescifrable, vulgar, plural y vaporosa realidad. Si la prehistoriadora Almudena Hernando lo llamó “fantasía de la individualidad”, en un texto memorable sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno, Piglia (a través de su propia vida) parece invitarnos a someter a distanciamiento crítico cualquier veleidad de “yoísmo”. Quienes busquen una literatura autobiográfica, que se desengañen, lo que encontraran es un poderoso artefacto literario, pegado a la vida, que problematiza todos y cada uno de los fundamentos que componen la existencia ordinaria del hombre. El trabajo, el pensamiento, el amor, las dificultades materiales, el propio trabajo de escritura, las comidas, los apartamentos, los viajes, los periodos de silencio, las cenas, las conversaciones, el aburrimiento, se vuelven la materia biográfica que paulatinamente se irá desliendo. Es entonces cuando la escritura se apropia del ser, cuando lo amplía. Y es entonces también cuando le lector se disgrega y se da cuenta de su propia contingencia.

Leer a Piglia-Renzi tiene algo de familiar. Parece que uno lleva buena parte de la vida compartiendo lo poco que se es. Su fraseo es natural, complejo, tremendamente sencilla a la vez, directo cuando necesita ser directo, demorado cuando necesita pausar el tempo de las reflexiones. No dice todo lo que quiere decir, deja que el lector complete. No reconstruye con detalle cada atmósfera porque haciendo uso de una economía de lenguaje admirable, administra a la perfección la riqueza de su prosa. Eso lo aprendió bien de la literatura norteamericana. No sé, son tantas las cosas que se podrían decir de este libro… Quizá lo mejor sea que se revele tal cual es, recomendando su lectura de manera encarecida.  

Sirva esta reseña de homenaje a un escritor que nos dejó recientemente y por el que siento una enorme admiración.



SERES DE LENGUAJE




Los domingos por la mañana se han vuelto, de un tiempo a esta parte, el único momento en que puedo visitar esta bitácora con cierta tranquilidad. Reposar algunas lecturas que se han ido dando a lo largo de las semanas (menos de las que querría últimamente), y decir algo sobre ellas. Pero hoy no ha sido así. Hoy no me ha urgido el apuro de “decir”, sino más bien de escuchar, de abandonarme a los textos en su propia sustancia, sin mediaciones. Me he levantado, he vuelto a rozar algunos libros que han ido apareciendo en mi biblioteca a lo largo de los últimos meses, y me he zambullido en la lectura de varios poemas al azar, sin ninguna conexión entre sí. Se trata de libros muy distintos. Resultado de poéticas incluso antagónicas. Una muestra minúscula de los muchos caminos por los que transita la poesía contemporánea hecha en nuestro país. Materiales que tientan parcelas del idioma y realidad heteróclitas. No he tratado, como otras veces, de hilvanar hilos de lectura que conectaran esas obras. Todo lo contrario. Me he abandonado al placer desnudo de componer internamente una suerte de mini antología sin más criterio que el propio “perdedero” (como diría Ignacio Aldecoa). Leía un poema, me quedaba colgado en él durante varios minutos, extrañado, asistiendo al milagro de la invención de un universo, como si todo escritor buscara propiciar un idioma particular (como nos recuerda Ricardo Piglia). Tomaba otro poema, y acudían a mí imágenes, sensaciones, nuevas perplejidades. La exterioridad incontestable se iba desfigurando, desajustándose, hasta borrar los límites de su propia inmanencia. Reincidía en un tercer poema. Y otra vez esa misma sensación de desacople, de salir de uno mismo para sumergirse en la alteridad. Ya lo decían los zapatistas en 1994. Un mundo donde quepan muchos mundos. Así estuve durante un buen rato hoy. Y tras pasar parte de la mañana vagabundeando librescamente de aquí para allá, llego a la conclusión de que, quizá, la poesía solo es eso. Una perturbación del lenguaje. Un “rondar el otro lado de las cosas” (tal y como cantara Lorca). Más allá de filologías y ensayos críticos, mi experiencia lectora desde niño siempre ha encontrado en los textos algo que no era posible codificar ni subsumir bajo la infinita apisonadora de lo evidente. Leer ha sido siempre (al menos para mí) un dejarse llevar por la presencia de lo ignoto, por el rumbo abierto hacia un lugar que apenas intuimos. Tomar libros, entrar en ellos, dejarse embridar por su pulsión, se vuelve una de las mejores formas (no la única) de tomar distancia con respecto a uno mismo, y de reconocer que nos pueblan muchas lenguas, muchos cuerpos, muchos mundos posibles. Pero iré más allá. No se trata solo de hacer un hueco a la otredad en el descanso de uno mismo, sino de instalar lo precario, lo-radicalmente-otro, como parte constitutiva del self, en la medida que lo más precario, lo más contingente, lo más inestable (y al mismo tiempo lo más sólido y poderoso que tenemos) es nuestra condición de “seres de lenguaje”. Esta mañana cuatro autores y cuatro libros me han recordado que somos esos seres de lenguaje, y que la lengua no nos viene dada, sino que hay que lucharla, hay que ganarla, pues en cada palabra nos jugamos nuestra identidad, nuestra condición de existencia, nuestra voluntad. He tenido miedo. Y al mismo tiempo, me he sentido feliz.




FISURA

La pintura rota en los labios
agrietada en los ojos.
El mundo había cambiado de paisaje; lo dibujas a mi lado
y me sorprende su negación en la ventanilla.
Lo que vemos persigue su destrucción. Esparces las raíces de túneles
como sujeciones. No sé si el escroto aguantará el peso
del párpado en la llanura.

Lo que dura la luz, lo que tardas en volver.

El vidrio en bocanada hacia la mortaja. Pero también encajar el aire
en la patética imagen de ídolo; la cabellera y su movilidad de cíclope.

Me cambio por ti
en el descenso. Apoyado
en el péndulo, oscila y me salva, oscila y me sumerge.
Perdidas las cuerdas, amarre terrestre frente a lo hostil.
Esperar algo con los ojos.
como se quiere,
                        recortando,
si desprecio. Movimiento: trato de averiguar si cambiaste de posición
o de siglo.

El deslinde es circunstancial, una marca para que serpentee el sol.
Niegas lo evidente. Siempre se niega lo evidente por falta
de pruebas. Las leyes no funcionan, algunas me sirven
para decir cafetera, surtidor, naturaleza. Dividir lo homogéneo
en lugar de entenderlo. Me muevo,
trato de averiguar. Las nubes también se mueven y al revés:
la rotación. Necesitas oírlo para que sea legible. Golpeas la central eólica.
Querías cortar el aire, ser tajante después de girar,
apenas tres movimientos y subía el vaho
del asfalto. Trazas una diagonal, un pájaro
de sentido sobre el aspa. Afónica comes manzana.
Tocar la tierra y su orientación.
Los ojos siguen del matorral a la ladera
el vuelo. En la niebla,
destellos de una habitación casi a oscuras.

PABLO LÓPEZ CARBALLO




AIRE
… no entiendo la repugnancia sobre el uso del gas.
Apoyo firmemente el uso del gas contra tribus incivilizadas.
                                               Winston Churchill

No tenemos ninguna convicción
salvo la respiración enardecida.

Y el aire que sigue su riguroso quehacer.

Bate una multitud cuando se agita.
Está azorado. Desencajado.
Y de tanto girar se desmadeja.

Irrumpe una algarada de viento:
no trae legiones, no traer timbales
ni estandartes ni ojivas.

Se vale de sí
de su propio aliento desfigurado
aire de aire.

Lleva una riada mostaza
que el viento mueve, esparce y desordena.

Nos envuelve en su marisma de niebla
bajo su manto nos calcina
como la nieve entretejida
como el retumbo del agua.

No tiene esqueleto.
Ni mecánica. Ni superficie.
Es un silbido
amarillo de Siena.
Un ardor que carda los cuerpos.

Pero me han dado
una copa de viento:
¿no la he de apurar?

VIVIANA PALETTA





14
: diálogo-no :

-»»… «Yo-Nunca-Estuve-Allí» le dice (a) «Cuando-Nadie-Escribe»:
            // Hemos perdido:
            Mucho más:
            (de) lo que somos capaces:
            (de) comprender //:

-»»… &: «Yo-Nunca-Estuve-Allí»: inmediatamente piensa (en) (por) qué «Cuando-Nadie-Escribe» no deja (en) paz al destino:

MAMS [Miguel Ángel Muñoz Sanjuán]





LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

Halla cicatrices de rencor en lo que creía ser aptitud
para entender a los demás. Percibe olor a tedio en
la sensación que llamó reposo. Se da cuenta que
puede ser celosa, envidiosa, pesimista.

La ansiedad no es ya la capacidad de hacer varias cosas
al mismo tiempo.

Se acuerda de algo que leyó en algún sitio alguna vez,
que nos construimos disfrazando lo que somos.

MARI LUZ ESTEBAN

ABRAZAR UN CUERPO QUE NO SE VE.




Entonces descubres que detrás de ese viaje, detrás de Portbou y de Walter Benjamin, detrás de los objetos esparcidos sobre tu mesa, detrás de las charlas y de las idas y venidas, detrás de todo eso, digo, tan solo buscabas una cosa. Buscabas la ocasión para dar forma al diario que querías escribir desde hacía mucho tiempo, como si tu vida anterior no hubiera sido más que una larga y paciente espera. Y te da por pensar, casi por primera vez, que quizás Portbou tan solo sea un paso previo a otro territorio que aún no conoces, aunque lo hayas citado en alguna parte y ahora no recuerdes en qué lugar del mundo sucedió exactamente.

Álex Chico
           

Hay escrituras que tienen un poso clásico y, en cambio, con cada capa de lectura disparan nuevas aperturas de sentido. Libros que se van cociendo a fuego lento en la retina, sin algaradas, renuentes a toda pirueta verbal. Son textos reposados, de cadencia lenta, que gracias al “arte de la microscopía” (como decía Ricardo Piglia) parecen componer miniaturas conceptuales puestas en un territorio muy vasto. Leí esta novela durante un viaje a Londres. Sus páginas se agotaron mientras tomaba el vuelo a Heathrow, atravesaba los cielos del Cantábrico y el Canal de la Mancha, recorría el subterráneo de la capital británica en la Piccadilly Line, degustaba una tarde lluviosa en Walthamstow y regresaba luego a mi ciudad, Madrid, dejando esos mismos lugares atrás. Cuando abrí las tapas del ejemplar todavía me sacudían ciertas angustias coyunturales fruto del trabajo. Pero se obró el milagro. Desde las primeras páginas, una disposición paciente y serena fue entibiando el cuerpo; como si el “tempo” introspectivo, ensayístico, de esta obra fuera capaz a cada capítulo de ir entreabriendo puertas en el pensamiento que requerían de una entrega total. “Un final para Benjamin Walter” tuvo la capacidad de calmar los temblores momentáneos.


Este libro no va, exactamente, de lo que parece o dice ir. Los trágicos acontecimientos sucedidos en la población catalana de Portbou, adonde llegó Walter Benjamin en septiembre de 1940 huyendo de los nazis, y en cuyo lugar se quitó la vida tras saber que las autoridades franquistas no permitirían su paso por España rumbo a América. Para los investigadores “benjaminianos” irredentos, es probable que se quede corto. Para los periodistas culturales, memorialistas y buscadores de anécdotas históricas, se hace demasiado contemplativo. Sin embargo, soy de la opinión que este texto, más allá de que esté estupendamente escrito con una precisión y desnudez ejemplar, y que no hable sobre “las peripecias” de Benjamin, sino de un paisaje, de un mundo que muere, de un territorio y sus gentes, de la memoria, del peso y el papel de la historia en las vidas materiales, de una búsqueda interior, como sujeto, en tanto “ser para la escritura”, es tremendamente fiel a la obra de Benjamin. Me explicaré.




Nos dice Stefan Gandler, de la Universidad Autónoma de Querétaro (México) a propósito de una de las obras trascendentales de Walter Benjamin, sus Tesis “Sobre el concepto de historia”: “Entonces, mirar hacia atrás no es una forma de pensar, de concebirse a sí mismo, de reflexionar sobre la realidad en la cual vivimos, sino es la forma de hacerlo. Pero el asunto todavía es más complicado. No se trata solamente de dejar de dirigir la mirada, la atención hacia la idea del futuro o del futuro mejor, hacia la idea del progreso incesante que nos va a liberar casi automáticamente, sino se trata incluso de una forma distinta de mirar, de ver, de reflexionar. Dentro del mismo acto reflexivo, también hay que superar la idea de un progreso inevitable e ininterrumpido. El mismo proceso de reflexión es, al igual que el proceso histórico, algo que no se puede concebir como un acto de acumulación continua de verdades, de realidades entendidas, de conceptos desarrollados o aclarados. El mismo pensamiento está en peligro de perder algo ya encontrado en cada instante. No estamos sobre un punto fijo desde el cual miramos hacia atrás, sino continuamente ‘se nos mueve el tapete abajo de los pies’ del pensamiento. La fuerza principal que existe en relación a este problema es el olvido. Benjamin comparte esta idea, con otros autores de la Escuela de Frankfurt. La historia de la filosofía, es en este sentido para Adorno, una historia de olvidos.”

Me parece que esta idea tiene mucho que ver con la propuesta de mirada y escritura que nos lanza Álex Chico con respecto a Portbou y Benjamin. Mirar lo que fue Portbou, su pasado orgulloso y fronterizo, no es una manera interesada de comprender causalmente el presente. Es “la” forma de contemplar el paisaje actual, contemporáneo. La Portbou abandonada por la geopolítica, por las administraciones una vez dejó de ser parada fronteriza con la ratificación del Tratado de Schengen, requiere de una “mirada y una reflexión específicas”, situadas, que ya no se proyectan hacia el futuro y hacia una idea inexorable de progreso. Chico llega a Portbou buscando a Benjamin y lo que encuentra es la complejidad de un territorio que agoniza, de un presente histórico, de una Portbou como objeto de indagación inmediata. Pero pensar Portbou no puede hacerse sólo desde un “un acto de acumulación continua de verdades, de realidades entendidas, de conceptos desarrollados o aclarados”, todo lo contrario, supone reconocer sus contradicciones, sus dialécticas, sus tensiones; implica deambular una y otra vez ciertas paradas en el territorio (el monumento de Dani Caravan, el cementerio civil, el puerto, las calles solitarias, los hoteles de poca monta, etc.) que abren, a su vez, heridas sociales todavía sin cerrar. Y no me estoy refiriendo sólo a los cortes que produce una historicidad convulsa, sino a las copresencias culturales que desnudan las carencias de nuestra propia institucionalidad. Reflexionar Portbou es huir de los “puntos fijos”, urdir un pensamiento que siempre “está en peligro de perder algo ya encontrado en cada instante”. Reflexionar Portbou es dar cuenta de su particular historia de los olvidos. Porque en el fondo, Portbou, son muchos lugares de nuestra geografía. Es aquí donde creo que Álex Chico es fiel a Benjamin. Sigue sus pasos epistemológicos, incorpora su particular modo de tejer pensamiento, lo trae a su escritura, lo dota de tono narrativo, pero no para dar cuenta del propio Benjamin y sus dramáticas condiciones de muerte, sino para dejarse atrapar por el mundo social, natural y cultural que se encuentra en la misma Portbou. Puede parecer una elección extraña, poco “a la moda”, pero creo que entraña una honestidad intelectual y una coherencia elevada.


Además, la idea que postula Stefan Gandler a propósito del Angelus Novus benjaminiano, tiene también (en mi opinión) un cierto maridaje con el propio modo de escribir de Chico. La prosa de este autor placentino trasplantado a Barcelona, guarda los atributos de una narrativa ensayística que da cuenta de esa “historia de los olvidos”. Chico se revela como un ser para la escritura, como un texto mismo, encarnado, que queda atravesado por todas las ausencias y sustancias de lo circundante, sin vocación de totalidad, pero consciente que la totalidad es necesaria como meta interpretativa. Materialista al mismo tiempo que ideacional. Omnívora al mismo tiempo que seleccionadora de materiales concretos. Articuladora de varios planos de realidad, pero incapaz de componer una propuesta de orden impostado. Se trata de una prosa donde la voz narrativa, deíctica, permite entrever cómo se compone a sí misma, cómo va hilando los pensamientos, las emociones, las impresiones que le causa ese mundo exterior que no es algo dado, sino reinterpretado. Por eso me parece también fiel a la estética benjaminiana. No estamos ante un escritor “ordenado”, “programático”, sino ante una voz que, como nos recordaba San Juan de la Cruz, “Para venir a lo que no sabes, / has de ir por donde no sabes”.

Acabo ya con otra recomendación. Si por casualidad se animan a leer esta novela, háganlo también con otro libro al lado. Tomen la “Elegía en Portbou” del poeta Antonio Crespo Massieu, publicado en Bartleby en 2011. El entrecruzamiento de ambos textos les aseguro que no les dejará indiferentes.




A PROPÓSITO DE LA SORPRESA DEL MUNDO. CONVERSACIÓN CON MIGUEL MARINAS.




El sujeto del conocimiento no puede separarse del sujeto de la acción, al igual que el concepto no puede separarse del afecto.

François Laplantine


La sorpresa del mundo es un viaje de vuelta. Primero fue la ida, aquella conversación Miguel Marinas-Olvido García Valdés en Un lugar donde no se miente (también en Libros de la resistencia). Ahora toca el regreso, la prórroga de ese encuentro a dos voces. Si en el trayecto inicial era Miguel Marinas quién pretendía interrogar a Olvido, en esta ocasión es Olvido quién persigue los recovecos de Miguel Marinas. Ambos saben que no se trata de entrevistas, sino más bien de una “copresencia”, un hacerse en diálogo sin solución de continuidad. No obstante, había y hay un acuerdo mínimo, algo así como unas guías no demasiado precisas que, bien o mal, sirven de “señales” en mitad de la montaña. Vivir la vida, Leer los libros, Escribir sin engaño, La sorpresa del mundo, La composición del poema, La cosa del amor, Cuidar el alma y Lo que viene. Casi nada. Dentro, como se podrán imaginar, está todo.

Supongo que cada cual puede acercarse a este libro desde su lugar de mirada. Esa es una de sus primeras cualidades, la posibilidad de tentar al lector en función de su momento, ya que el repaso desordenado a una vida, la de Miguel Marinas por ejemplo, casi siempre acaba por comportarse como una suerte de disparador de interpelaciones, de dudas y zozobras, más que de verdades. Por las páginas de este libro, Olvido y Miguel, Miguel y Olvido, se indagan mutuamente acerca de ciertos sucesos y circunstancias, ciertos autores y libros, coyunturas históricas e intelectuales, que constituyeron el escenario de sus vidas. Ahora bien, no siempre encuentran en sus percepciones acomodo, como si a pesar de lo reflexionado, lo habitado, lo querido, cada parcela de existencia siguiera demandando nuevas aperturas y preguntas.


Quizá por ello, lo que parece nacer como entrevista, muy pronto transmuta en plática con un cierto sabor socrático. Las preguntas y respuestas se reordenan a sí mismas, desbordan la propia lógica conversacional, tejiendo unos materiales discursivos que acaban por componerse como un todo. Ya no son las voces de Miguel y Olvido, tomadas como objetos independientes, sino una piel mestiza, híbrida, en la cual transitamos de unos lugares conceptuales a otros por medio de una polifonía.

Sin embargo, no es esta cuestión la que más me ha interesado del libro. Mi modo de suceder en su lectura se ha desplazado continuamente entre dos planos distintos, aunque complementarios. Por un lado, la de asistir en tiempo real a la articulación de lo que podríamos llamar, siguiendo a François Dubet, la “experiencia subjetiva”. En este caso la experiencia de Miguel Marinas. Por otro, la de atravesar de forma constante esa misma experiencia por medio de una “intersubjetividad” dialógica, trenzada en los lenguajes, inscrita en el diálogo mismo con Olvido. Me explicaré.


Cuando me refiero a la noción de “experiencia subjetiva”, aludo a la pluralidad intrínseca del sujeto, es decir, al modo siempre diverso de narrarse, de contarse a sí mismo, de poblarse; a los universos morales, simbólicos, corporales y emocionales que componen un mismo ser, con sus “sujeciones” y “subjetivaciones” (por seguir la pista de Foucault y Lahire), en diálogo permanente con los marcos sociales y culturales donde se desenvuelve su devenir. Merece mucho la pena comprender el “significado subjetivo” (que diría Weber) que tienen para Miguel los orígenes familiares, la infancia y primera juventud en una ciudad de provincias española, el franquismo, la religión, su venida a Madrid, el papel de la universidad, de los seminarios de lectura, los viajes, las amistades… Toda una trama social y unas estructuras de plausibilidad que se nos despliegan ante los ojos como si de un inmenso horizonte se trataran. Pero el sujeto no es un individuo, no es soberano de sí. No somos el resultado autónomo de elecciones. Nuestra inmanencia acontece en el fluir de la acción y la interrelación, en los “juegos de lenguaje” que se producen (casi siempre inconscientemente) al calor de nuestra radical ligadura con los otros. Es ahí cuando la díada Olvido-Miguel se vuelve “intersubjetividad”, comunidad moral, habla y cuerpos entrelazados que, unas veces, se declinan hacia ciertas experiencias generacionales, y otras hacia el puro fluir de la sociabilidad más desnuda e inmediata, como nos recordaba el bueno de Simmel.

Es, precisamente, el aquí-y-allá de estos dos planos (“experiencia subjetiva” e “intersubjetividad”) a lo largo del diálogo, lo que me parece más fascinante. Avanzar en sus páginas es descubrir “el grado cero” de la construcción misma (y compleja) de un sujeto. Agotar cada una de esas “guías de viaje” se vuelve una especie de pequeño observatorio desde donde contemplar los procesos culturales y cognitivos que atraviesan una vida. La sorpresa del mundo se traduce, al menos para mí, en el descubrimiento de las tramas superpuestas que alimentan toda conducta social. Y cómo cada uno de nosotros somos seres arrojados a ese juego cuyas reglas intuimos, pero no comprendemos del todo.

No se lo pierdan. La lectura de este libro ayuda a comprender eso que Miguel Marinas condensa del siguiente modo: “el camino es ir de la limitación de uno mismo hacia las cosas que merece la pena saber”.

UN HOMBRE PRECARIO



El contexto de estos sujetos creadores estaría definido por su infiltración en trabajos y prácticas temporales y en vidas permanentemente conectadas. Sujetos envueltos en precariedad y travestidos de un entusiasmo fingido, usado para aumentar su productividad a cambio de pagos simbólicos o de esperanza de vida pospuesta. Un entusiasmo que encontraría sus máximas expresiones de júbilo forzado en trabajos culturales, creativos y cada vez más en el contexto académico. Miro alrededor y observo que esto acontece hoy. Como si la pareja «pobreza y creación» actualizara, en un giro y engarce temporal, aquella época anterior a la invención de la imprenta en la que, sugería Smith, «estudioso y pordiosero» eran palabras casi sinónimas.

Remedios Zafra



Joan de la Vega es un poeta de dilatado recorrido. Desde su Intihuatana (2002) hasta este Medio mundo en luz (2017) han pasado quince años. Un tiempo suficiente para asistir y reconocer la maduración de una escritura. Desde mi punto de vista, este libro nos ofrece una voz cuajada, intensa, desolada y resistente, que atraviesa varias zonas de mundo. Tenemos, en su primera parte titulada “Veintiún poemas en prosa dedicados a quien se hacía llamar Homo, en otros tiempos”, una suerte de campo de reflexión ontológico sobre el nosotros. La interpelación a los muchos seres humanos que pueblan nuestro ser colectivo (y que encuentran como metáfora diferentes taxonomías: homo habilis, homo faber, homo videns, etc.), se convierte en una excelente oportunidad para hacer un “viaje exterior”, un recorrido por las contradicciones, ambivalencias, tensiones, de lo que somos y no somos. Cada uno de estos textos es una vuelta de tuerca más alrededor de la propia precariedad, en un gesto omnicomprensivo de las muchas experiencias que pueblan eso que llamamos “realidad”. Se trata de poemas narrativos que van al hueso de las cosas, despojados de cualquier artificio lírico, pero incisivos y llenos de potencia expresiva. Por medio de un uso irónico (y a veces incluso humorístico) de versos de otros escritores y escritoras, así como de esas mismas taxonomías de corte “biologicistas” o “sociológicas”, nos vamos encontrando con parcelas del devenir que dejan entrever el constante desamparo en el que habitamos. Ese “homo sapiens”, falsamente independiente, elevado a categoría de “mónada” por el racionalismo cartesiano y capitalista, se va “abufonando”, transformándose en un “extranjero de sí mismo”, un “hombre precario”, un “cadáver lúdico”, cuya “existencia es un carrusel de verdades que gira al borde del ripio, en torno a una gran sordina”. Joan de la Vega proyecta una imagen nada tranquilizadora del ser, huye de cualquier cumplido, no se deja llevar por optimismo buenistas. Su mirada es destemplada, hosca, incluso diría que amarga, aunque lúcida y repleta de potencias emboscadas. Como si debajo de la piel de ese mismo ser precario se escondiera el gesto rebelde, antisistema, capaz de renovarse a sí mismo desde una insubordinación a las formas elementales del poder y la reproducción social. Nos dice en el poema Homo plaudens: “Déjalo estar. Cero súplicas, cero púlpitos, cero halagos. Si algo has de ganar, que sea su silencio”. No hay tiempo para el cumplido. No hay tiempo para la palmadita en la espalda. Somos seres arrastrados hacia el abismo, pero precisamente por ser conscientes de ello, estamos en condiciones para no aceptar ese destino de silencio. Dejo aquí varios de los poemas de esta sección que más me han impresionado:





La segunda sección del libro titulada “Esperanza de vida (Auto de fe)”, lleva algunas de esas reflexiones ontológicas al plano del sujeto y del yo. Se trata de un “viaje interior”. Decía Miguel Delibes cuando le preguntaban por el “arte de narrar” que los fundamentos de su literatura eran “un hombre, un paisaje, una pasión”. Algo parecido ocurre en el caso de este escritor de Santa Coloma de Gramanet. Estamos ante la voz y la escritura de un sujeto “enraizado” a la destemplanza de un pueblo, de un paisaje, de un tiempo histórico, de una sociedad, de un trabajo, de una infancia y de una familia. Una de las cosas que más me han gustado de este libro es que hacía mucho tiempo que no leía un poemario tan honesto y, al mismo tiempo, tan problematizador de las contingencias ordinarias de la vida. El lenguaje seco y descoyuntado que usa Joan de la Vega es coherente con la exploración que persigue, huyendo como de la peste de esas poéticas figurativo/realistas (normalizadoras hasta el aburrimiento) de unos o, panfletaria y escasamente críticas en lo estético, de otros. No. Joan aposenta su hacer literario en el intersticio que va de la materia a la idea, de la acción social al discurso, de los “juegos del lenguaje” a las prácticas de los seres en su contexto e historia determinada. En sus poemas se embridan “el p(c)ecio del paisaje” con el discurrir de la existencia, en una iteración compleja, rica en matices y siempre conectada con las dialécticas de lo individual y colectivo. El sujeto poético de estos textos no se engolosina con la propia dicción del yo, no se acomoda a la fácil estabilidad de la identidad, sino que más bien da cuenta de las pluralidades que arraigan en todo cuerpo. Veamos algunos poemas que muestran, me parece, esto que digo:




Y para acabar me gustaría rescatar un poema que me ha sobrecogido. La poesía española reciente no ha explorado en demasía el mundo de lo laboral. Como si estuviera agotado por la propia desregulación de las relaciones neoliberales, y por las poemáticas excesivamente pegadas a una figuración ramplona. Todo ello, además, en un contexto de debilitamiento de eso que podemos llamar la “centralidad de la clase social” y sus organizaciones, a la misma vez que un ensanchamiento de la acción política más allá de los anclajes sociológicos de corte determinista. Pues bien, Joan de la Vega tiene la rara habilidad de expresar literariamente todo un mundo de experiencia, el de la vida laboral, desde el “cuerpo” y la “acción” concretas, situadas, microsociológicas, desbordando cualquier categoría homogeneizante y/o discursiva. Creo que es uno de los textos donde, de un modo vertical y preciso, se (re)presenta uno de los aspectos más significativos en la vida de todo sujeto (que no sea rentista o extractor de plusvalía).






LA CAÍDA DE MADRID



«Los revisionistas creen en la piedad, en la compasión, en que lo justo llega por sus propios pasos, por una necesidad razonable. Los revolucionarios sabemos que no es así. El poder está en la punta del fusil.»


No voy a engañar a nadie. Soy un devoto lector de Rafael Chirbes. Sin ambages, le considero uno de los narradores fundamentales de nuestra literatura durante los últimos veinte años. Y no sólo porque haya sido quién mejor ha retratado, en toda su complejidad y crudeza, el devenir histórico de nuestra sociedad desde el final del franquismo hasta nuestros días, sino porque constituye uno de los escritores de mayor talento y audacia estética. Se ha escrito mucho sobre su obra. Se ha insistido hasta la saciedad en su carácter de cronista, pero se ha insistido menos en la convicción y profundo vuelo de su investigación lingüística, en su maestría con el manejo de las estructuras narrativas, en su capacidad para componer la heterogeneidad intrínseca del alma humana.

Chirbes es un autor de enorme rigor. Y cuando digo rigor, lo digo en un doble sentido. Por un lado, porque pertenece a ese linaje ligado al sentido laborioso del oficio. Sus novelas son un trabajo de orfebrería. Equilibradas, precisas, construidas lentamente puliendo la herramienta del idioma. Pero por otro lado, Chirbes es también uno de los ejemplos más afinados de eso que él mismo llamaba “perspectivismo”. Lo aprendió probablemente leyendo a los naturalistas franceses, a Galdós, a Faulkner y Joyce, aunque de lo que estamos seguros es que su maestro fue Max Aub. Del autor del Laberinto mágico aprendió a levantar con verosimilitud, hondura y sin maniqueísmos, diferentes cuerpos y diferentes voces que se muestran coherentes en tanto sujetos atrapados en el curso del juego social. Los personajes de Chirbes son de carne y hueso. Habitan la contradicción, el dolor, las traiciones a uno mismo. Deambulan por el mundo como deambulamos cualquiera de nosotros. A veces como zombis. A veces peleando por mejorar la existencia. Ese perspectivismo aubiano hacen de Chirbes un  escritor capaz de dotar de absoluta realidad a un empresario franquista, a un policía de la brigada político-social, a un obrero metalúrgico comunista, a un “niño bien” de la burguesía metido a revolucionario de pacotilla, a una señorona de la alta sociedad, a una “chacha”, a un abogado desclasado y advenedizo… Cuando se leen las voces de estos personajes uno comprende sus lógicas internas, sus ataduras morales, sus contradicciones insalvables. Uno aprende a rastrear en ellos los resquicios de la infelicidad y las traiciones. Uno constata la inmensa fragilidad que somos. Y todo ello sin perder de perspectiva la estructura social, el mundo al que los sujetos estamos  anudados. Cuando se leen las novelas de Chirbes se aprende algo que en las ciencias sociales sabemos bien: somos al mismo tiempo sujeción y subjetivación. Somos, sin saberlo, reproductores involuntarios del orden social, al mismo tiempo que impugnadores del mismo.


Me he pasado una parte de las dos semanas de navidad enfrascado en esta espléndida novela que fue publicada hace ya diez años. En ella asistimos al devenir de un solo día, el 19 de noviembre de 1975, un día antes de fallecer el dictador. Y más allá de las peripecias que los distintos personajes transitan en esa jornada desde la mañana a la noche, se trata de una obra donde podemos comprender el sentido profundo, insondable, de esos personajes, sus vidas. Y con ellos de una sociedad, de un estado, de un momento histórico de cambio.

De aquellos polvos, estos lodos. Chirbes no tiene piedad. Ahora que llevamos algunos años metidos en una crisis sistémica de país (“crisis de régimen”, lo llaman), la lectura de esta novela tiene la grandeza de mostrarnos los recovecos microsociológicos con los que fue levantado el edificio de lo que más tarde se conoció como “Transición”. Pero lo más increíble de su lectura es que si trasponemos aquellos momentos a estos, si salvamos las inmediatas diferencias coyunturales, inquieta reencontrarnos con esos mismas voces y cuerpos hoy en día.

No sé. Leer a Chirbes le sume a uno en una suerte de pesimismo histórico. Sin embargo, es tan lúcido, es tan iluminadoramente desasosegante, que tras acabar las trescientas dieciocho páginas de las que consta el libro, uno tiene la sensación de haberse reencontrado con la propia vulnerabilidad como primer territorio desde donde repensar el mundo.

Lean este libro. Léanlo ya, con rabia y con urgencia.
Y para animarles de un modo más activo, les recomiendo contemplen este homenaje que se le hizo en la Biblioteca Nacional hace unos años. Gentes que le quisieron y le conocieron bien, diseccionan su trabajo de un modo interesante y heterodoxo.