CUERPOS ABIERTOS SOBRE LA PÁGINA





De soltarlas.
De des-
atarlas.
Las manos sangran.

Esther Ramón



Llevo semanas sin poder escribir una reseña. Enterrado en diferentes servidumbres laborales, el tiempo no alcanza para sosegar unas horas. Así que me conformo con leer, casi clandestino, por las noches, a la búsqueda de un poco de paz noctámbula. Cuando el ajetreo de lo ordinario se enseñorea, suelo regresar a la poesía. A un lado dejo la narrativa y el ensayo. Hay en los poemas un estar como de otro mundo, una suerte de abismamiento de la palabra que consigue reconectar dentro de mí zonas de emoción mutiladas. El tiempo se detiene. El pensamiento rola hacia latitudes más lentas. El lenguaje se hace compacto, denso, y me devuelve su potencia en tanto materia viva. Es entonces cuando consigo aplacar el ruido de fondo de lo cotidiano, y despertar a la consciencia colectiva e individual. Durante estas semanas de No-Reseñas he descansado en cuatro libros de varias escritoras. Radicalmente distintas entre sí. Cuatro proyectos de escritura que persiguen dimensiones diferentes del ser lingüístico, con cuatro relaciones particulares respecto de la lengua. Cuatro universos estéticos y morales que muestran, a las claras, la enorme riqueza del panorama poético en español. Pero creo que estos libros tienen, al menos, una cosa en común. Se trata de “cuerpos abiertos sobre la página”, como diría la poeta Esther Ramón. Estos libros están dibujados sin concesiones, sin retóricas de cara a la galería. Son instrumentos verticales, directos al hueso, versos que se la juegan por encima de consensos culturales. Obras que no tienen miedo a devenir, a insistir, a buscar entre sombras. Intervenciones de la lengua donde se inocula una potencia perturbadora, porque su radicalidad (que me atrevería a decir “política”) no estriba en la politización de lo poético, sino en la poetización de lo político, es decir, de la conciencia subjetiva, de la memoria, del coexistir en diálogo con el mundo sensible. A quienes nos interesa la “microfísica del poder” y sus articulaciones dentro de nuestros cuerpos, estos textos vienen a mostrar parcelas de realidad desestabilizadas de esas microfísicas. Vienen a introducir preguntas allí donde el lenguaje del orden trata de fijar certezas. Como bien nos recuerda Amador Fernández-Savater, la principal intuición de Mayo del 68 (ahora que se cumplen cincuenta años) no fue la de introducir una nueva hipótesis sobre la economía política, sino comprender que no hay transformaciones de esas economías políticas si no van acompañadas de unas nuevas economías libidinales, unas distintas políticas del deseo. Pues bien, estos días, a medida que recordaba ese mayo francés y leída estos cuatro libros de estas cuatro escritoras, me iba dando cuenta que el sentido político de la poesía, en nuestros días, radica sobre todo en su capacidad para introducir nuevas economías libidinales de la lengua. Formas “otras” de leer el mundo interior y exterior, liberándolo de las economías políticas lingüísticas que acartonan los sentidos y codifican los corazones.

Para intentar acercar a los lectores estos textos, he confeccionado una brevísima selección de algunos de los poemas. Que los disfruten tanto como yo.


De en flecha, de Esther Ramón.

El salto de precisión
sobre la página,
la huida del arco,
siendo flecha,
el cayado natural
sobre las cumbres,
el doble caminar
en los cuernos
internos de la aorta,
la espuma de savia,
respirada,
los huevos secos
del sol.

            *

No en lo que nace
derramado.
En el aliento de agua.
En las paredes de humo
que retienen la corriente.
En lo que se quiebra
en flecha y sigue
con el dedo un sonido
de hilo que se agota.

            *

Ahora leo con ojos
arrancados,
escucho la cera
que tapona los
sentidos,
ahora explotan
piedras de sol
en la ventana.
Abro el libro de cristal,
la trayectoria perdida
que me encuentra.


De ;p0ema, de Leonor Olmos.

no iniciar sesión en el poema no iniciar sesión / el poema es un ejercicio de romper los ojos con los dientes / de romper la conciencia beta 2.0 / de enterrar con las manos el jardín / de triangular con la mente el jardín

un slogan post futurista un miedo celeste, cubriendo la ciudad iluminada / cubriendo con huesos / tejidos / vocablos : — no puedo comer no puedo vivir / no puedo detener la vida ni la muerte ni esta enfermedad,

yo : la extensión de un programa llamado p0ema / de un proceso binario / adulterado / cortado / con sustancias de difícil manipulación : con sustancias que aletargan los sonidos que degradan los sonidos / y toda lengua — serpiente y toda — boca poema

toda elaboración mental requiere un mecanismo de automática destrucción / sin logueos de por medio / eficiente / programado / sin excusas

eficiente

programado / un corte sobre la carne anuncia la nueva despedida : — en voz alta : la garganta es reemplazada, fagocitada y desnuda

la precariedad de los sonidos / — la fragilidad de esas cuerdas anudadas desde el pecho : cifradas, heridas : la descarga no concluye se agota la memoria, no hay capacidad, no hay fuente de energía

yo :

            a modo de prueba de fallos, yo, a modo de prueba de errores





De Tratado de las mariposas, de Yaiza Martínez.


El Toukbal asusta por su daño
que acuna bajo el sol
a un bebé frío

Llega el invierno solo
el signo queda

            *

Magma

En un hombro embarranca el dolor sangre del trillado

Mi pueblo muerto
genera tejido de observación,
susurro miel de aguarda

Desciende hacia el valle que los vio morir
a todos
acoge
la piel transparenta

de norte a sur siete ríos


De La casa grande, de Rosana Acquaroni.


De la casa grande
solo recuerdo aquel armario blanco
encallado en aquel largo pasillo
como un río encajonado y pedregoso.

Un útero vacío que no sangrase nunca
y alumbrara por dentro.

En su interior
entre sábanas perfumadas
mantelerías de hilo
y toallas de rizo americano
mamá nos escondía bajo llave
las fotos y las cartas de aquel desconocido.

Canoso y trajeado,
era un hombre elegante
de facciones sureñas
que imantaba mi cuerpo,
lo llenaba de lámparas,
con aquella sonrisa
sonora y reflectante.

Eran fotos de estudio
siempre de medio cuerpo
—su corbata ejenmplar,
el chaleco de ante abotonado,
ligeramente abierto—.

Yo entraba en ellas
como en un oleaje sin retorno.

Me imaginaba dentro
de aquella madre
rebosante y eterna
que siempre estaba huyendo.

Me encarnaba en tu piel
me infiltraba en tu sueño de tálamo escindido.
de camisón secreto.

Después llegaba él
y yo lo acariciaba
con cada uno de tus dedos
que eran lentos navíos
penetrando aquel hielo.

Él sigue allí
a veces puedo verlo apostado en mi infancia
—cada vez más ajeno—,
mirando hacia el balcón de nuestra casa
mientras un limpiabotas
                                   le lustra los zapatos.

EL EN SÍ DE UNO




Había pasado todos esos meses, de principios de abril a finales de marzo, hundido en la laguna, a veces turbia, a veces clara y transparente, de su existencia. Muchas veces había estado durante un tiempo capturado por un escritor o un filósofo, y había pasado meses hundido en la masa de escritos de un autor —por ejemplo Malcolm Lowry o Jean-Paul Sartre— y había leído todo lo escrito por él y todo lo escrito sobre él, pero ahora, aunque el sistema, para verlo así, era el mismo, todo era distinto porque el sujeto de la investigación era él mismo, el sí mismo, dijo con una carcajada. El sí mismo, el en sí de uno, pero como uno no es uno, sino otro y otro, en un círculo abierto, se comprende que la forma de expresión debe ser fiel a la contingencia y al desorden y que su único modo de organización debe ser el fluir de la vida misma.
Ricardo Piglia


Llevo un tiempo leyendo diarios. Hay algo en esa clase de materiales que me fascina. Desde la primera vez que me topé con “El oficio de vivir” de Cesare Pavese, no he parado de vez en cuando de detener mis lecturas en curso, y volver sobre las obras autobiográficas como tratando de encontrar respuestas. Suele coincidir con momentos decisivos (y algo desorientados) de mi propio trabajo literario. La prosa que se desenvuelve en los libros memorialísticos constituye un territorio especialmente apto para la reflexión “aparentemente” metaliteraria. Sin embargo, no están ahí los atributos que más me interesan. Más bien al contrario. En la escritura de dietario, sobre todo cuando es buena, lo de menos (para mí) es el costado del “yo biográfico y sus anécdotas”, y lo de más la perplejidad sobre el mismo hecho de escribir, el temblor de la propia subjetividad, las conexiones infinitas entre el ser íntimo, existencial, y el ser histórico, social, que aflora en cada instante sin que el autor lo quiera. Incluso más allá. Mi lectura de diarios está completamente atravesada por esta cita de Franz Kafka que que sigue resumiendo a la perfección las contradicciones de este tipo de obras:

“La escritura me niega. De ahí mi plan de investigaciones autobiográficas. No biografía, sino búsqueda y descubrimiento de elementos lo más reducidos posible. Ahí es donde me edificaré luego, igual que un hombre cuya casa se tambalea quiere construir una sólida al lado, a ser posible sirviéndose de los materiales de la vieja. Lo que sin embargo resulta molesto es que las fuerzas le fallan a mitad de la construcción y que, en lugar de tener una casa tambaleante pero entera, ahora tiene una casa medio destruida y otra medio acabada, es decir, nada. Lo que sigue es pura locura, es decir, algo así como un baile de cosaco entre las dos casas, baile en el que el cosaco rasca y despeja la tierra con los talones de sus botas tanto tiempo como es necesario para que su tumba se excave bajo él.”

Los diarios de Emilio Renzi constituye el tercer volumen, y última entrega completa, del autorretrato que el propio Ricardo Piglia trazara de sí mismo. Durante más de cincuenta años Renzi fue su álter ego, el personaje de sí mismo, recogido minuciosamente en distintos cuadernos que fueron traspasando décadas y lugares. En este ejemplar encontramos tres materiales muy distintos. La primera parte se titula “Los años de la peste” y trascurre entre 1976 y 1982. Un periodo criminal para la historia argentina que se filtra como veneno en las páginas de la obra. Estremece esa vida al borde al miedo, en una Buenos Aires asfixiada por la brutalidad y el crimen. Y cómo incluso en circunstancias tan difíciles, la vida hecha escritura se impone, bracea contra las circunstancias. La segunda parte, “Un día en la vida”, es una narración “en la que Renzi cede la palabra y se convierte en personaje contado en tercera persona”. La tercera parte lleva por título “Días sin fecha”, y tal y como se nos dice en la contraportada “reúne anotaciones de los últimos años, en las que se evocan instantes de felicidad, la última clase en Princeton y la aparición de la enfermedad que de modo lento pero implacable impone su ley”.



La lectura de este libro ha sido muy reveladora para mí. Me ha permitido entender con mayor profundidad varias dimensiones esenciales de la literatura. La primera de ellas es tomar conciencia del hilado de “la realidad en la ficción”, y sobre todo su vuelta, la “ficción en la realidad”. Cómo ambas laderas de lo literario se superponen, se cruzan, habitan nuestras vidas disolviendo toda apariencia de solidez. La literatura es siempre porosa, líquida, y no porque vayamos ahora a repensarla desde esas categorías tan posmodernas que se hicieron famosas hace ya algunos años de la mano de Zygmunt Bauman, sino porque por muy sólida y compacta que parezca ser la experiencia literaria, su reflejo nos deja casi siempre un poso de indecibilidad. El mundo que se traspira en lo literario desestabiliza el propio mundo, lo descompone, lo problematiza, lo bifurca. Los “yoes” se vuelven “otros”, los “otros”, “yoes”. Piglia que es Renzi que es Piglia, se vuelve escritura, es decir, no sólo un ser o un no ser, sino sólo escritura, y en tanto escritura el sujeto inoculado se desplaza de lo ficcional a lo real en un camino iterativo constante. “El en sí de uno” es su completa desestabilización, su “borradura”, la imposibilidad de fijar límites entre el ser interno y el mundo real y ficcional que lo componen. Por eso, al leer estos diarios, lo que me ha deslumbrado no sólo era la peripecia moral, intelectual, cotidiana del Piglia-Renzi en diferentes momentos históricos, sino sobre todo su paulatina disolución como sujeto en escritura. O mejor dicho, en un “ser para la escritura”.



Otra de las dimensiones que me han resultado fascinantes de este libro es seguir constatando que eso que pomposamente llamamos individualidad, no es más que una heteróclita, dispersa, indescifrable, vulgar, plural y vaporosa realidad. Si la prehistoriadora Almudena Hernando lo llamó “fantasía de la individualidad”, en un texto memorable sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno, Piglia (a través de su propia vida) parece invitarnos a someter a distanciamiento crítico cualquier veleidad de “yoísmo”. Quienes busquen una literatura autobiográfica, que se desengañen, lo que encontraran es un poderoso artefacto literario, pegado a la vida, que problematiza todos y cada uno de los fundamentos que componen la existencia ordinaria del hombre. El trabajo, el pensamiento, el amor, las dificultades materiales, el propio trabajo de escritura, las comidas, los apartamentos, los viajes, los periodos de silencio, las cenas, las conversaciones, el aburrimiento, se vuelven la materia biográfica que paulatinamente se irá desliendo. Es entonces cuando la escritura se apropia del ser, cuando lo amplía. Y es entonces también cuando le lector se disgrega y se da cuenta de su propia contingencia.

Leer a Piglia-Renzi tiene algo de familiar. Parece que uno lleva buena parte de la vida compartiendo lo poco que se es. Su fraseo es natural, complejo, tremendamente sencilla a la vez, directo cuando necesita ser directo, demorado cuando necesita pausar el tempo de las reflexiones. No dice todo lo que quiere decir, deja que el lector complete. No reconstruye con detalle cada atmósfera porque haciendo uso de una economía de lenguaje admirable, administra a la perfección la riqueza de su prosa. Eso lo aprendió bien de la literatura norteamericana. No sé, son tantas las cosas que se podrían decir de este libro… Quizá lo mejor sea que se revele tal cual es, recomendando su lectura de manera encarecida.  

Sirva esta reseña de homenaje a un escritor que nos dejó recientemente y por el que siento una enorme admiración.



SERES DE LENGUAJE




Los domingos por la mañana se han vuelto, de un tiempo a esta parte, el único momento en que puedo visitar esta bitácora con cierta tranquilidad. Reposar algunas lecturas que se han ido dando a lo largo de las semanas (menos de las que querría últimamente), y decir algo sobre ellas. Pero hoy no ha sido así. Hoy no me ha urgido el apuro de “decir”, sino más bien de escuchar, de abandonarme a los textos en su propia sustancia, sin mediaciones. Me he levantado, he vuelto a rozar algunos libros que han ido apareciendo en mi biblioteca a lo largo de los últimos meses, y me he zambullido en la lectura de varios poemas al azar, sin ninguna conexión entre sí. Se trata de libros muy distintos. Resultado de poéticas incluso antagónicas. Una muestra minúscula de los muchos caminos por los que transita la poesía contemporánea hecha en nuestro país. Materiales que tientan parcelas del idioma y realidad heteróclitas. No he tratado, como otras veces, de hilvanar hilos de lectura que conectaran esas obras. Todo lo contrario. Me he abandonado al placer desnudo de componer internamente una suerte de mini antología sin más criterio que el propio “perdedero” (como diría Ignacio Aldecoa). Leía un poema, me quedaba colgado en él durante varios minutos, extrañado, asistiendo al milagro de la invención de un universo, como si todo escritor buscara propiciar un idioma particular (como nos recuerda Ricardo Piglia). Tomaba otro poema, y acudían a mí imágenes, sensaciones, nuevas perplejidades. La exterioridad incontestable se iba desfigurando, desajustándose, hasta borrar los límites de su propia inmanencia. Reincidía en un tercer poema. Y otra vez esa misma sensación de desacople, de salir de uno mismo para sumergirse en la alteridad. Ya lo decían los zapatistas en 1994. Un mundo donde quepan muchos mundos. Así estuve durante un buen rato hoy. Y tras pasar parte de la mañana vagabundeando librescamente de aquí para allá, llego a la conclusión de que, quizá, la poesía solo es eso. Una perturbación del lenguaje. Un “rondar el otro lado de las cosas” (tal y como cantara Lorca). Más allá de filologías y ensayos críticos, mi experiencia lectora desde niño siempre ha encontrado en los textos algo que no era posible codificar ni subsumir bajo la infinita apisonadora de lo evidente. Leer ha sido siempre (al menos para mí) un dejarse llevar por la presencia de lo ignoto, por el rumbo abierto hacia un lugar que apenas intuimos. Tomar libros, entrar en ellos, dejarse embridar por su pulsión, se vuelve una de las mejores formas (no la única) de tomar distancia con respecto a uno mismo, y de reconocer que nos pueblan muchas lenguas, muchos cuerpos, muchos mundos posibles. Pero iré más allá. No se trata solo de hacer un hueco a la otredad en el descanso de uno mismo, sino de instalar lo precario, lo-radicalmente-otro, como parte constitutiva del self, en la medida que lo más precario, lo más contingente, lo más inestable (y al mismo tiempo lo más sólido y poderoso que tenemos) es nuestra condición de “seres de lenguaje”. Esta mañana cuatro autores y cuatro libros me han recordado que somos esos seres de lenguaje, y que la lengua no nos viene dada, sino que hay que lucharla, hay que ganarla, pues en cada palabra nos jugamos nuestra identidad, nuestra condición de existencia, nuestra voluntad. He tenido miedo. Y al mismo tiempo, me he sentido feliz.




FISURA

La pintura rota en los labios
agrietada en los ojos.
El mundo había cambiado de paisaje; lo dibujas a mi lado
y me sorprende su negación en la ventanilla.
Lo que vemos persigue su destrucción. Esparces las raíces de túneles
como sujeciones. No sé si el escroto aguantará el peso
del párpado en la llanura.

Lo que dura la luz, lo que tardas en volver.

El vidrio en bocanada hacia la mortaja. Pero también encajar el aire
en la patética imagen de ídolo; la cabellera y su movilidad de cíclope.

Me cambio por ti
en el descenso. Apoyado
en el péndulo, oscila y me salva, oscila y me sumerge.
Perdidas las cuerdas, amarre terrestre frente a lo hostil.
Esperar algo con los ojos.
como se quiere,
                        recortando,
si desprecio. Movimiento: trato de averiguar si cambiaste de posición
o de siglo.

El deslinde es circunstancial, una marca para que serpentee el sol.
Niegas lo evidente. Siempre se niega lo evidente por falta
de pruebas. Las leyes no funcionan, algunas me sirven
para decir cafetera, surtidor, naturaleza. Dividir lo homogéneo
en lugar de entenderlo. Me muevo,
trato de averiguar. Las nubes también se mueven y al revés:
la rotación. Necesitas oírlo para que sea legible. Golpeas la central eólica.
Querías cortar el aire, ser tajante después de girar,
apenas tres movimientos y subía el vaho
del asfalto. Trazas una diagonal, un pájaro
de sentido sobre el aspa. Afónica comes manzana.
Tocar la tierra y su orientación.
Los ojos siguen del matorral a la ladera
el vuelo. En la niebla,
destellos de una habitación casi a oscuras.

PABLO LÓPEZ CARBALLO




AIRE
… no entiendo la repugnancia sobre el uso del gas.
Apoyo firmemente el uso del gas contra tribus incivilizadas.
                                               Winston Churchill

No tenemos ninguna convicción
salvo la respiración enardecida.

Y el aire que sigue su riguroso quehacer.

Bate una multitud cuando se agita.
Está azorado. Desencajado.
Y de tanto girar se desmadeja.

Irrumpe una algarada de viento:
no trae legiones, no traer timbales
ni estandartes ni ojivas.

Se vale de sí
de su propio aliento desfigurado
aire de aire.

Lleva una riada mostaza
que el viento mueve, esparce y desordena.

Nos envuelve en su marisma de niebla
bajo su manto nos calcina
como la nieve entretejida
como el retumbo del agua.

No tiene esqueleto.
Ni mecánica. Ni superficie.
Es un silbido
amarillo de Siena.
Un ardor que carda los cuerpos.

Pero me han dado
una copa de viento:
¿no la he de apurar?

VIVIANA PALETTA





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: diálogo-no :

-»»… «Yo-Nunca-Estuve-Allí» le dice (a) «Cuando-Nadie-Escribe»:
            // Hemos perdido:
            Mucho más:
            (de) lo que somos capaces:
            (de) comprender //:

-»»… &: «Yo-Nunca-Estuve-Allí»: inmediatamente piensa (en) (por) qué «Cuando-Nadie-Escribe» no deja (en) paz al destino:

MAMS [Miguel Ángel Muñoz Sanjuán]





LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

Halla cicatrices de rencor en lo que creía ser aptitud
para entender a los demás. Percibe olor a tedio en
la sensación que llamó reposo. Se da cuenta que
puede ser celosa, envidiosa, pesimista.

La ansiedad no es ya la capacidad de hacer varias cosas
al mismo tiempo.

Se acuerda de algo que leyó en algún sitio alguna vez,
que nos construimos disfrazando lo que somos.

MARI LUZ ESTEBAN

ABRAZAR UN CUERPO QUE NO SE VE.




Entonces descubres que detrás de ese viaje, detrás de Portbou y de Walter Benjamin, detrás de los objetos esparcidos sobre tu mesa, detrás de las charlas y de las idas y venidas, detrás de todo eso, digo, tan solo buscabas una cosa. Buscabas la ocasión para dar forma al diario que querías escribir desde hacía mucho tiempo, como si tu vida anterior no hubiera sido más que una larga y paciente espera. Y te da por pensar, casi por primera vez, que quizás Portbou tan solo sea un paso previo a otro territorio que aún no conoces, aunque lo hayas citado en alguna parte y ahora no recuerdes en qué lugar del mundo sucedió exactamente.

Álex Chico
           

Hay escrituras que tienen un poso clásico y, en cambio, con cada capa de lectura disparan nuevas aperturas de sentido. Libros que se van cociendo a fuego lento en la retina, sin algaradas, renuentes a toda pirueta verbal. Son textos reposados, de cadencia lenta, que gracias al “arte de la microscopía” (como decía Ricardo Piglia) parecen componer miniaturas conceptuales puestas en un territorio muy vasto. Leí esta novela durante un viaje a Londres. Sus páginas se agotaron mientras tomaba el vuelo a Heathrow, atravesaba los cielos del Cantábrico y el Canal de la Mancha, recorría el subterráneo de la capital británica en la Piccadilly Line, degustaba una tarde lluviosa en Walthamstow y regresaba luego a mi ciudad, Madrid, dejando esos mismos lugares atrás. Cuando abrí las tapas del ejemplar todavía me sacudían ciertas angustias coyunturales fruto del trabajo. Pero se obró el milagro. Desde las primeras páginas, una disposición paciente y serena fue entibiando el cuerpo; como si el “tempo” introspectivo, ensayístico, de esta obra fuera capaz a cada capítulo de ir entreabriendo puertas en el pensamiento que requerían de una entrega total. “Un final para Benjamin Walter” tuvo la capacidad de calmar los temblores momentáneos.


Este libro no va, exactamente, de lo que parece o dice ir. Los trágicos acontecimientos sucedidos en la población catalana de Portbou, adonde llegó Walter Benjamin en septiembre de 1940 huyendo de los nazis, y en cuyo lugar se quitó la vida tras saber que las autoridades franquistas no permitirían su paso por España rumbo a América. Para los investigadores “benjaminianos” irredentos, es probable que se quede corto. Para los periodistas culturales, memorialistas y buscadores de anécdotas históricas, se hace demasiado contemplativo. Sin embargo, soy de la opinión que este texto, más allá de que esté estupendamente escrito con una precisión y desnudez ejemplar, y que no hable sobre “las peripecias” de Benjamin, sino de un paisaje, de un mundo que muere, de un territorio y sus gentes, de la memoria, del peso y el papel de la historia en las vidas materiales, de una búsqueda interior, como sujeto, en tanto “ser para la escritura”, es tremendamente fiel a la obra de Benjamin. Me explicaré.




Nos dice Stefan Gandler, de la Universidad Autónoma de Querétaro (México) a propósito de una de las obras trascendentales de Walter Benjamin, sus Tesis “Sobre el concepto de historia”: “Entonces, mirar hacia atrás no es una forma de pensar, de concebirse a sí mismo, de reflexionar sobre la realidad en la cual vivimos, sino es la forma de hacerlo. Pero el asunto todavía es más complicado. No se trata solamente de dejar de dirigir la mirada, la atención hacia la idea del futuro o del futuro mejor, hacia la idea del progreso incesante que nos va a liberar casi automáticamente, sino se trata incluso de una forma distinta de mirar, de ver, de reflexionar. Dentro del mismo acto reflexivo, también hay que superar la idea de un progreso inevitable e ininterrumpido. El mismo proceso de reflexión es, al igual que el proceso histórico, algo que no se puede concebir como un acto de acumulación continua de verdades, de realidades entendidas, de conceptos desarrollados o aclarados. El mismo pensamiento está en peligro de perder algo ya encontrado en cada instante. No estamos sobre un punto fijo desde el cual miramos hacia atrás, sino continuamente ‘se nos mueve el tapete abajo de los pies’ del pensamiento. La fuerza principal que existe en relación a este problema es el olvido. Benjamin comparte esta idea, con otros autores de la Escuela de Frankfurt. La historia de la filosofía, es en este sentido para Adorno, una historia de olvidos.”

Me parece que esta idea tiene mucho que ver con la propuesta de mirada y escritura que nos lanza Álex Chico con respecto a Portbou y Benjamin. Mirar lo que fue Portbou, su pasado orgulloso y fronterizo, no es una manera interesada de comprender causalmente el presente. Es “la” forma de contemplar el paisaje actual, contemporáneo. La Portbou abandonada por la geopolítica, por las administraciones una vez dejó de ser parada fronteriza con la ratificación del Tratado de Schengen, requiere de una “mirada y una reflexión específicas”, situadas, que ya no se proyectan hacia el futuro y hacia una idea inexorable de progreso. Chico llega a Portbou buscando a Benjamin y lo que encuentra es la complejidad de un territorio que agoniza, de un presente histórico, de una Portbou como objeto de indagación inmediata. Pero pensar Portbou no puede hacerse sólo desde un “un acto de acumulación continua de verdades, de realidades entendidas, de conceptos desarrollados o aclarados”, todo lo contrario, supone reconocer sus contradicciones, sus dialécticas, sus tensiones; implica deambular una y otra vez ciertas paradas en el territorio (el monumento de Dani Caravan, el cementerio civil, el puerto, las calles solitarias, los hoteles de poca monta, etc.) que abren, a su vez, heridas sociales todavía sin cerrar. Y no me estoy refiriendo sólo a los cortes que produce una historicidad convulsa, sino a las copresencias culturales que desnudan las carencias de nuestra propia institucionalidad. Reflexionar Portbou es huir de los “puntos fijos”, urdir un pensamiento que siempre “está en peligro de perder algo ya encontrado en cada instante”. Reflexionar Portbou es dar cuenta de su particular historia de los olvidos. Porque en el fondo, Portbou, son muchos lugares de nuestra geografía. Es aquí donde creo que Álex Chico es fiel a Benjamin. Sigue sus pasos epistemológicos, incorpora su particular modo de tejer pensamiento, lo trae a su escritura, lo dota de tono narrativo, pero no para dar cuenta del propio Benjamin y sus dramáticas condiciones de muerte, sino para dejarse atrapar por el mundo social, natural y cultural que se encuentra en la misma Portbou. Puede parecer una elección extraña, poco “a la moda”, pero creo que entraña una honestidad intelectual y una coherencia elevada.


Además, la idea que postula Stefan Gandler a propósito del Angelus Novus benjaminiano, tiene también (en mi opinión) un cierto maridaje con el propio modo de escribir de Chico. La prosa de este autor placentino trasplantado a Barcelona, guarda los atributos de una narrativa ensayística que da cuenta de esa “historia de los olvidos”. Chico se revela como un ser para la escritura, como un texto mismo, encarnado, que queda atravesado por todas las ausencias y sustancias de lo circundante, sin vocación de totalidad, pero consciente que la totalidad es necesaria como meta interpretativa. Materialista al mismo tiempo que ideacional. Omnívora al mismo tiempo que seleccionadora de materiales concretos. Articuladora de varios planos de realidad, pero incapaz de componer una propuesta de orden impostado. Se trata de una prosa donde la voz narrativa, deíctica, permite entrever cómo se compone a sí misma, cómo va hilando los pensamientos, las emociones, las impresiones que le causa ese mundo exterior que no es algo dado, sino reinterpretado. Por eso me parece también fiel a la estética benjaminiana. No estamos ante un escritor “ordenado”, “programático”, sino ante una voz que, como nos recordaba San Juan de la Cruz, “Para venir a lo que no sabes, / has de ir por donde no sabes”.

Acabo ya con otra recomendación. Si por casualidad se animan a leer esta novela, háganlo también con otro libro al lado. Tomen la “Elegía en Portbou” del poeta Antonio Crespo Massieu, publicado en Bartleby en 2011. El entrecruzamiento de ambos textos les aseguro que no les dejará indiferentes.