LA GRAN COSA



La Guerra de España corresponde a un tiempo de confusión, de muerte y nacimiento de mundos distintos. Tal vez por esto y no sólo por impotencia estos relatos, imbricados unos en otros y no machihembrados geométricamente, como tal vez debieran estarlo, den una idea del caos que fue en tantas ocasiones aquella lucha. El desorden, la complejidad de los motivos puede explicar el fárrago y embrollo del revuelo de lo que sigue, las tinieblas - la niebla - que muchas veces el sol español no logró vencer, aun sin contar la ofuscación de los contendientes.
La Guerra de España fue un Laberinto del que no salió nadie, aún estamos dentro, clamando (hay naturalmente los que lo vieron desde fuera, aun sin pagar, y los que han nacido después, a quienes no importa gran cosa), el hilo de Ariadna conducía a la disgregación del átomo: ¿quién lo sabía?
- ¿Cuántas veces no ha aparecido Europa sentada sobre el toro? Llevada en volandas si no se sabe adonde ni para qué. Lo que no se ha fijado es que el toro es España que había de volar - como lo hizo sin contemplaciones - a Europa. España es el país del toro. Es el toro que lleva a Europa en volandas. A veces la geografía no es tan tonta como parece.

Max Aub


Llevaba mucho tiempo sin reseñar una obra de narrativa en el blog. Y no ha sido porque haya descuidado la lectura de prosa, sino más bien porque durante el último medio año he alternado mis acercamientos a la poesía con un viaje (agotador) en pos de uno de los ciclos de novelas más extraordinarios de la literatura española. Me estoy refiriendo a “El laberinto mágico” de Max Aub. Antes de este ejercicio sólo guardaba en la retina lectora la deslumbrante “La calle de Valverde” y el insólito “Crímenes ejemplares”. Seis meses después, me reconozco aubiano, o mejor dicho, un cuerpo atravesado por la experiencia narrativa de “La Gran Cosa”, como llamaba a nuestra Guerra Civil el propio autor. Resulta además paradójico que haya finalizado este ciclo pocas semanas antes de comenzar esta inquietante situación política que tiene a Cataluña y al conjunto de nuestros pueblos y gentes en vilo. Quiero pensar que entre las páginas de esta obra literaria espejean muchos de los elementos que aún nos interpelan como comunidad histórica.



Para quienes anden despistados decir que este ciclo narrativo está compuesto, sobre todo, por seis novelas que fueron escritas en un intervalo larguísimo. La primera, “Campo cerrado”, apenas recién salido al exilio el propio autor en 1939. La última, “Campo de los almendros”, editada en México por Joaquín Mortiz, en 1968. Casi treinta años después. A estas obras (como ciclo) habría que añadir también cuentos y relatos, poesía (el “Diario de Djelfa”), así como otras novelas que suponen antecedentes directos y necesarios para una comprensión cabal de este ambicioso proyecto aubiano. Y entre todas ellas un “imperativo moral” al mismo tiempo que un “imperativo estético”. Lo recoge en palabras del propio autor el crítico y estudioso de su obra, Francisco Caudet, en la interesantísima introducción a la última de esas novelas (en la edición de Castalia del año 2000): “Al fin y al cabo, si mi obra tiene algún valor es como literatura. Si no vale como tal, las ideas que contiene mi obra están mejor en cualquier otro autor”.

Esbocemos brevemente la cronología de este ciclo siguiendo no tanto la secuencia en la que fue escrito, sino más bien la diacronía de los sucesos y acontecimientos históricos que describen:

·         Campo cerrado (1943). En la que se da cuenta de los años anteriores a la Guerra Civil tanto en un pueblo y una pequeña ciudad de provincias (primera parte), como en la “rosa de fuego” que era la Barcelona de los años veinte y principios de los treinta (segunda parte). Las últimas secciones del libro (tercera parte y “colmo”) se concentran en el alzamiento en la ciudad condal y el aplastamiento de la sublevación por parte del pueblo, con especial protagonismo de las organizaciones sindicales y políticas como la CNT-FAI.
·         Campo abierto (1951). Que nos lleva a los primeros meses de la guerra en la ciudad de Valencia, así como a los días heroicos e inquietantes entre el 3 y el 7 de noviembre de 1936, con la defensa numantina de Madrid y la llegada de los primeros contingentes de las Brigadas Internacionales.
·         Campo de sangre (1945). Nos coloca en diferentes ubicaciones entre el 31 de diciembre de 1937 y el 19 de marzo de 1938, tomando como telón de fondo la batalla de Teruel, la crueldad de la guerra, y la cada vez mayor conciencia en el bando republicano de una más que probable derrota.  
·         Campo del Moro (1963). Que nos desplaza a la semana que va del 5 al 13 de marzo de 1939, en la que se produjo el golpe de estado dentro del bando republicano del militar Segismundo Casado, con el apoyo de los socialistas (de la mano sobre todo de una de sus figuras clave, Julián Besteiro) y los anarquistas (en torno a Cipriano Mera). El golpe de estado casadista desgarró la retaguardia republicana y fue la puntilla al gobierno de Juan Negrín, desvaneciéndose cualquier posibilidad de resistencia.  
·         Campo francés (1965). Que nos lleva a un lugar y unos hechos poco conocidos por el gran público español y francés. El campo de concentración ubicado en lo que hoy son las pistas de tenis de Roland Garros de París, adonde el gobierno acobardado y conservador del Frente Popular, había encerrado a muchos hipotéticos “agitadores políticos” europeos, tras la ejecución de detenciones indiscriminadas, arbitrarias e ilegales. Entre esos detenidos, como no podría ser de otro modo, había muchos republicanos españoles huidos tras la caída del frente de Cataluña, así como brigadistas internacionales, judíos, sindicalistas, comunistas.  
·         Campo de los almendros (1968). Que nos sitúa entre marzo y abril de 1939. La derrota republicana, la huida de muchos de sus dirigentes, la encerrona en el Puerto de Alicante adonde fueron a parar muchos de esos derrotados a la espera de barcos que les sacaran de España (y que nunca llegaron). La desesperación de la captura. El traslado a Albatera, el que sería uno de los primeros campos de concentración franquista, en el término municipal de San Isidro, comarca de la Vega Baja del Segura, donde la crueldad y la violencia fueron la divisa de su cotidianeidad.

Estas son las demarcaciones de lo narrado. Ahora bien, ¿qué poso deja después de casi siete meses de lectura ininterrumpida? La verdad es que es difícil sintetizar de un modo sencillo y breve todo lo vivido como lector, ya que se trata de una experiencia totalizante, compleja, por momentos exigente y difícil, pero si tuviera que tirarme a la piscina diría que este ciclo contiene, al menos para mí, tres aprendizajes fundamentales.



El primero de ellos guarda relación con eso que podríamos llamar la construcción estética de la “multiplicidad de lo real”. Max Aub compone una narración donde individualidad y colectividad, sujeto y sociedad, intrahistoria e historia, estructura y agencia, están indisolublemente entrecruzadas. Por las casi 2.500 páginas transita una mundología poblada de diferentes seres que nos muestran todos los costados de la vida, todas las contradicciones y dialécticas en las que cada ser, al mismo tiempo, habita. Como si de una nueva “comedia humana” se tratara, estos libros reconstruyen un país, una sociedad desgarrada, abierta en canal, y para ello produce una “encarnación subjetiva” (como señala el propio Caudet) que pone voz, carne, temperatura existencial, a cientos de personajes que, si bien algunos sirven de hilo conductor a lo largo de todo el ciclo, no se puede decir que sean protagonistas en el sentido literal de la palabra. Decían los zapatistas que “hay muchos mundos en este mundo”, pues bien, esta obra bucea en esa aseveración, la materializa, desde una ambición literaria que tiene pocos ejemplos en nuestra tradición narrativa. Cuando se leen estas novelas uno entiende en toda su complejidad cómo un mismo hecho histórico puede ser anidado por una pluralidad infinita de emociones y razones. Se trata de un ejercicio intersubjetivo, donde los distintos personajes entre sí, donde el autor y su mundo, donde el escritor y sus criaturas fabuladas (muchas de las cuales, a su vez, tienen una raigambre en personajes reales) dialogan unas con otras en un permanente y recursivo ejercicio dialéctico. Este es un aprendizaje que hoy en día nos es más necesario que nunca. Las sociedades no son bolas de billar compactas, homogéneas, sino que están compuestas de intensas y vibrantes heterogeneidades. Max Aub se sumerge en esas heterogeneidades en un momento dramático para la historia de nuestro país.  

El segundo de los aprendizajes que me llevo sería algo así como “la pluralidad constitutiva de la narración”, así como su diálogo con otras artes en tanto apuesta necesaria. Estos libros experimentan muchas de las formas y estrategias retóricas que la literatura fue levantando desde los años setenta. Cuando uno lee estas novelas, entendidas más como collages a partir de secuencias, reconoce su hilatura con el mundo del teatro, del cine, de la pintura. El estilo aubiano en el “Laberinto mágico”, por momentos denso y barroco, engolosinado, excesivo unas veces, vertical y despojado otras, recorre todas las potencias que la escritura narrativa atesora a la hora de encarnar un mundo. Y lo hace poniendo en diálogo diferentes materiales culturales. Desde la tradición (especialmente Cervantes y Pérez Galdós) a la vanguardia. Creo que nos encontramos ante una de las prosas más apabullantes que se hicieron en nuestro idioma tras la guerra. Incluso me atrevería a decir que leyéndolo, uno no termina de saber si se encuentra ante un autor peninsular o latinoamericano. Por momentos su narratividad se preña de nuestra mejor tradición siglodorista, mientras que otras veces el castellano que emerge desconcierta, abruma, como si llegara de otro lugar, poblado de un vocabulario apenas reconocido hoy por nuestra comunidad de habla. El lenguaje literario en esta obra, creo, se vuelve un territorio en disputa, se transforma en una herramienta que no es una herramienta, sino realidad en sí mismo. El lenguaje aubiano representa en lo que somos en su incompleta materialidad, en lo que irreductiblemente somos por encima de nosotros mismos. De ahí que su prosa, incluso el problema de la prosa, se vuelva un campo cultural de enorme importancia a la hora de entender y conformar las sociedades históricas que somos.



Esto me lleva al tercer y último de los grandes aprendizajes que me llevo como lector. Entender que la “memoria colectiva” recreada a partir de la literatura, es un campo estético y moral donde distintas fuerzas sociales se la juegan, donde las comunidades y las gentes nos la jugamos. Leer “El laberinto mágico” es comprender mejor y de un modo menos estereotipado lo que fuimos y somos, con sus grandezas y vilezas, con sus contradicciones irresolubles. Y la memoria en tanto relato, es precisamente el termómetro donde las sociedades ajustan sus relojes democráticos. No hay convivencia sin vivencia compartida, sin reconocimiento de esa multiplicidad de lo real que es indisoluble, que se dice a sí misma a través de una pluralidad constitutiva de la lengua. No hay subjetividad sin alteridad. No hay devenir sin asumir lo precario que es cualquier “viaje” colectivo e histórico. Nuestra guerra, esa “Gran cosa” que reverbera aún hoy, fue un momento vertical donde todas las preguntas y heridas existenciales se sincronizaron a la vez. Y Max Aub trató de poner palabras a ese instante. Hay que ser muy valiente y decidido, además de buen escritor, para salir indemne de tan arriesgado viaje.


POÉTICA DE LA INDIGENCIA



Nos hemos hecho pobres. La más intensa potencia de los soportes materiales, sobre la que se asienta la expansividad tecnológica de nuestra cultura, deja al hombre contemporáneo en una situación de indigencia, de pobreza, justamente en aquello que constituye el nervio central de las culturas humanas. El arraigo, la solidez de los sentidos de la vida.

José Jiménez


Hay libros que, sólo con hojearlos, ya despliegan ante uno preguntas de difícil  respuesta. Libros que avizoran la extrañeza del momento que habitamos, libros que te colocan como lector en una posición incómoda, difícil, extraviada. Hay libros que no hacen ruido, que llegan a las librerías como si fueran animales acuáticos, emboscados, pero que con el correr de los meses van poblando carnalmente la memoria de quienes se acercan a ellos. Son textos escurridizos, oblicuos, difíciles, casi siempre perturbadores, que cuesta al inicio entrar en ellos porque les atraviesa una suerte de primera piel infranqueable. Luego sucede que no se te van de la cabeza, como si su eco acabara por apropiarse de tu conciencia. Dejan un vacío, una suerte de mancha vertical de ideas, que regresa una y a otra vez como interrogación, desestabilizando tus propias premisas. Se vuelven algo así como una “ruptura categorial”, una dislocación epistémica.

Dice Laura Giordani que Antonio Méndez Rubio, con este Por nada del mundo, “nos está invitando a desasirnos de rituales literarios o en todo caso, señalándonos la ausencia de suelo y la imposibilidad de seguir aferrados a las tablas de una retórica que busca anclar en el poema su plenitud, su simulacro de vida.” A juzgar por su lectura, el poeta que está detrás o delante (o no está) de estos poemas es alguien “quien habla fallándole la voz”. Giordani perfila como ejes interpretativos posibles la “palabra en la indigencia”, la llevanza de la “precariedad al lugar del poema”, la desubicación del lenguaje volviéndolo “a construir en otro lugar”, y la “rebelión contra la razón logocéntrica”. Estos ejes acaban sintetizados en una propuesta poético-política que, en el caso de Méndez Rubio, se refleja no sólo en este libro sino también en toda su trayectoria poética, crítica y ensayística (recordemos sus inicios en el colectivo Alicia Bajo Cero, o en sus más recientes trabajos sobre poética y crisis, o sobre eso que él denomina “fascismo de baja intensidad”). Dicha propuesta poético-política implica recoger el guante dejado por las vanguardias históricas (según Giordani), a partir de las cuales “es político hacer lugar en el poema a los otros, (paratextos) para que puedan ingresar a un discurso hecho comunidad, así como el lugar (iluminado, subalterno, descentrado) en el que se sitúa el enunciador. Como es un gesto resistente la demolición de la retórica que sostiene este mundo irrespirable.” Aquí radica una de las preguntas clave: ¿cómo producir un “discurso hecho comunidad” con los materiales inestables, fragmentarios e indigentes del lenguaje contemporáneo?



En términos generales estoy de acuerdo con estos lineamientos, de modo que mi lectura pretende tan sólo establecer un diálogo con el propio libro y con esta primera aproximación interpretativa.  





La poesía como tensión.

Mi primera intuición es que en este libro Méndez Rubio apuesta por aquello que ya nos recordó Giorgio Agamben, que “la poesía vive sólo en la tensión y diferencia (y por lo tanto también en la interferencia virtual) entre el sonido y el sentido, entre la esfera semiótica y la esfera semántica.” La poesía sería algo así como un “cisma de sonido y sentido”, de tal modo que el “discurso hecho comunidad” se enfrenta a un primer desafío de carácter ontológico. Toda comunidad es intrínsecamente diversa y plural, sin embargo debe apelar y producir socialmente sodalidades, regularidades e identidades colectivas (preferiblemente no excluyentes) si quiere operar como tal y generar una cierta adscripción común. Ahora bien, estas sodalidades suelen necesitar (en tanto comunidades de habla) de un cierto lenguaje compartido, un lenguaje que integre la mismidad y la otredad, haciéndose co-presente en el corazón de resto de lenguajes que componen ese orden comunitario. Es entonces cuando aflora la contradicción. Si la poesía es (en el sentido de Agamben) un “cisma”, una desacople entre la esfera semiótica y semántica, ¿cómo articular ese cisma con “la palabra de la tribu”?. Uno de los grandes retos para cualquier poeta consciente de lo que implica la escritura poética y la propia “institución poética”, es habitar esa tensión de lo poético sin renunciar al diálogo con la comunidad. O mejor dicho, colocar en el centro mismo de las problemáticas del lenguaje y la comunidad, la tensión de lo poético, como posibilidad de ensanchamiento cultural del decir.

En mi opinión, justo aquí es donde Antonio Méndez Rubio despliega su indagación literaria. Por nada del mundo se vuelve una búsqueda del decir, o lo que es lo mismo, una búsqueda de nombrar el mundo y los sujetos, a partir de una conciencia plena en torno a la propia precariedad del lenguaje, mediante una compleja andadura poemática la cual evidencia las tensiones inmanentes de lo semántico y lo semiótico. Esto produce eso que Giordani denomina la “indigencia” de lo poético, y que se transforma en la trabazón que reordena las diferentes partes del poemario. Ahora bien, ¿cómo se hace esto?, ¿cómo Méndez Rubio trata de maridar la tensión de lo poético y la heterogeneidad de la comunidad? Pues a mi torpe entender, mediante un doble movimiento tropológico: por un lado, asumiendo la “aporía” de la metáfora (y por extensión d el lenguaje poético), la oposición entre “lo propio” y “lo no-propio” que se da en toda escritura, y por otro, apostando por ese “pensamiento nómada” deleuziano que es, a la vez, una teoría del sujeto, del ser y de la sociedad. Veámoslo de un modo casi telegráfico.



La metáfora (y lo poético) como territorio de disputa

Según Jacques Derrida en el lenguaje filosófico la “metáfora” (que ha sido uno de sus instrumentos fundamentales) vive inmersa en un proceso de doble destrucción, o autocrítica, como resultado de su propia generalización. Toda metáfora supone la existencia de una aporía (paradoja irresoluble), una traducción y dialéctica entre “lo propio” y “lo no-propio”, de ahí la necesidad de traslado o desplazamiento de significado entre dos términos distintos. La primera de esas destrucciones “permitiría la legibilidad de lo propio o del origen”, y “opondría resistencia a la diseminación de lo metafórico”. Es decir, la propia generalización metafórica acaba por difuminar el sentido originario de lo propio, borrando las huellas que lo conectarían con el término al que ha sido desplazado en su función metafórica. Por eso hayamos en ciertas escrituras una resistencia a seguir expandiendo lo metafórico, máxime cuando ha sido fagocitado y normalizado por la economía política capitalista del lenguaje. La segunda destrucción viene dada porque “al desplegarse sin límites lo metafórico”, al “quitarle sus lindes de propiedad” a los términos en relación, hace saltar por los aires “la oposición tranquilizadora de lo metafórico y lo propio”, o sea, quedan completamente arruinados los límites entre los términos, haciéndose cada vez más inestables eso que José Jiménez llamaba en la cita que abre este texto los “sentidos de la vida”.  

En mi opinión, estas destrucciones de lo metafórico, o por decirlo de un modo más convencional, estos desasimientos y disputas que atraviesan lo metafórico (que es tanto como decir “lo poético”), tienen una enorme importancia en este libro. Los poemas de Por nada del mundo nos muestran situaciones, imágenes, voces enunciadoras, que parecen vislumbrar, escuchar a medias, proyectar y trasladar experiencias en mitad de la noche, sin terminar nunca de estabilizar sentidos. Las fronteras entre lo propio y lo no-propio, entre el sujeto y la comunidad, entre lo semántico y lo semiótico, parecen diluirse, parecen desdibujarse por completo, no siendo tampoco capaces como lectores de estabilizar (desde nuestro papel) un modo de ser y estar frente al mundo. Al contrario, cuanto más leemos estos poemas, por herméticos que puedan algunos parecernos, más nos damos cuenta se hace tangible que nuestros cuerpos y mentes esa idea de “différance” que Derrida reclamaba: la negación de un ser unitario y permanente cuyo espacio de vida se da en el retraso, en un presente que nunca coincide consigo mismo. De la lectura de Méndez Rubio queda ese poso de pérdida de unidad y permanencia. Veamos algunos ejemplos en estos dos poemas:


Las frases sin
nada dentro, dilas
sin embargo:
Las letras, velas
olvidarse de ti,
cómo cada una de ellas
espera contigo no
ser borrada. Se
reúnen
por si acaso.


Crujir de leña.
Ni la noche nos protege
de qué mundo… Aún por Spessart y
de verdad no se sabe cuánto
dura el tiempo de probar
a vivir, de decir: lo que eso significa.
Cualquier conversación es un secreto
contra nuestra voluntad. La impresión
es que aprender se limita a cómo
movemos los labios, las manos,
sin que se nos oiga hablar
dentro de un árbol hueco.



Un pensamiento nómada

Por nada del mundo constituye un paso más dentro de una trayectoria coherente y rigurosa. Si algo ha sido capaz de realizar Méndez Rubio es el hecho de armar una estrategia de escritura pluralista, comprometida con su tiempo, resistencia en su función crítica, cabal y diversa en cuanto a los planteamientos filosóficos y estilísticos que la alimentan, cuestionadora tanto de las hegemonías y normatividades de la lengua procedan de procedan. Sus libros tejen una arquitectura, como decía, en donde opera eso que Deleuze llamaba “un pensamiento nómada”  (una teoría del sujeto, del ser y de la sociedad). El sujeto de Méndez Rubio es siempre diferente, inacabado, abierto a la alteridad, atravesado por las fracturas del ser y del conocer. Un ser político que asume el lenguaje como primera responsabilidad para la disidencia. De ahí que sus textos buceen casi siempre en los límites mismos de ese lenguaje. No estamos ante un autor seguro de su herramienta. Es más, la herramienta (que parece escaparse entre las manos de manera permanente) no le pertenece, en la medida que la posesión del lenguaje implica siempre un acto intersubjetivo. Es por ello que la poética de este escritor se encuentra (a mi juicio) en las antípodas de las “poéticas del yo”, no tanto porque el territorio de la intimidad y la enunciación existencial no le interese, sino porque es sabedor que todo sujeto se ventila en esa fisura foucaultiana entre la sujeción y la subjetivización. El pensamiento nómada de Méndez Rubio instala la problemática del lenguaje en esa fisura, y no sólo el lenguaje, también la propia articulación de lo social. Somos agentes producto de condiciones históricas materiales, pero también somos actores con capacidad  de agencia social. Y todo ello transpira en sus poemas.

Habrá quien al leer el índice de este libro se quede un tanto perplejo. Parasomnias, La despedida, Simplicius simplicissimus, Preparando el presente, Sublime transacción… No se asusten, cada una de esas estaciones opera como una escalera de caracol. Uno parece no avanzar en su caminar circular, sin embargo a cada paso se encuentra en una posición más alta, desde la que contempla la realidad. Eso mismo parece suceder con estos poemas. Les hago una propuesta. Olvídense de todo lo que he escrito. Olvídense de cualquier referencia filosófica. Simplemente tomen al azar una página, zambúllanse en el contenido de sus versos. Déjense apresar por lo inexplicable de sus palabras. Por esa sintaxis aparentemente diáfana que, en lo hondo, se retuerce y queda siempre abierta. Saboreen las imágenes, el fraseo, las contradicciones, los encabalgamientos que se comportan casi como disyuntura. Liberen su pensamiento de cosas dichas o escuchadas antes. Oigan, léanlo en voz alta. Si al final de esa lectura lo que les queda en la boca y en los ojos es una especie de arrastre hacia las propias fracturas de uno mismo, entonces habrán alcanzado la potencia toda de este libro. Nada más. Y nada menos.


Rapto

La mano que no
llega hasta la mano que más
quiere alcanzar
se abre contra el aire
en ofrenda.


25

A la calle,
por fin, se dice,
como si no durara el
duelo de ti.
Se confirma:
no es ahora. No

ves

la luz a salvo
del daño en la sien.
¿Qué sueño? Velas
la violencia tan sola
de toda
claridad.




Referencias bibliográficas:



Jiménez, José (1989). La vida como azar: complejidad de lo moderno. Madrid: Mondadori.

Derrida, Jacques (2001). La deconstrucción en las fronteras de la filosofía. Barcelona: Paidós.


Izuzquiza, Ignacio (2002). Caleidoscopios. La filosofía occidental en la segunda mitad del siglo XX. Madrid: Alianza Editorial. 

COMPARTIR EL ASOMBRO DEL MUNDO





Estamos hechos
para buscar la luz,
para encontrarnos.

Laura Casielles



Llega a mis manos esta “Breve historia de algunas cosas” de la poeta Laura Casielles. Se trata de un tomito de 65 páginas, cuidadosamente editado por Ediciones del 4 de agosto, Logroño, dentro de su ya clásico ciclo “Planeta Clandestino”. El ejemplar que guardo tiene el número 18. Lo acaricio con auténtico placer, con ese gozo desnudo que producen las cosas largamente deseadas. El último libro publicado Casielles, “Las señales que hacemos en los mapas”, data de 2014. Lo puso en circulación el exquisito sello Libros de la Herida de Sevilla. Tres años desde la última vez que los lectores pudimos dialogar con el trabajo de esta escritora. Abro el libro, hojeo al azar sus páginas, se me viene este poema encima:

Nudos

Siempre puede echarse la culpa a alguien,
todos tenemos jefes y maridos y algún tipo de hipoteca con lo hecho.

Pero

            a poco que me dejen sola veo
            cómo estoy atando yo misma la cuerda en torno a mis muñecas,

            obediente
            giro.

Aprieto.

Puedo decir amor, destino, obligación.

Pero no es menos inquietante
saber que antes de esto además ato
el otro extremo de la cuerda al centro de mi nombre.


Tenía ganas de escribir sobre Laura Casielles. Además de amiga, se trata de una autora que admiro por su relación con la palabra y el mundo, por su manera de interpretar este oficio que no es un oficio, pero que tiene mucho de artesanal, de insistencia laboriosa y cotidiana. Aunque me referiré, sobre todo, a este último poemario publicado, sobrevolarán mis reflexiones sus libros anteriores, con especial intensidad “Los idiomas comunes” (Hiperión, 2010) y el ya referido “Las señales que hacemos en los mapas”.



Hacia una poética del encuentro

Cuando leí por primera vez a Casielles tuve la sensación de encontrarme frente a eso que Christian Laval y Pierre Dardot llaman una “contraconducta”. Me explicaré. Para estos autores franceses, el gran éxito del capitalismo neoliberal no ha sido sólo el tipo de relaciones económicas que ha conseguido instalar en nuestras sociedades, sino sobre todo la transformación de las almas de las gentes. Ese cambio ha tenido como resultado un “nuevo estado subjetivo”, una nueva “condición del hombre” que afectaría a la propia “economía psíquica” de cada uno de nosotros. El “sujeto neoliberal” es un sujeto-empresa, una “empresa de sí”, hiperproductivista, “íntegramente sumergido en la competición mundial”, es una mónada, descreído del vínculo social, gestor de sus relaciones afectivas en directa sincronía con los beneficios potenciales que pudieran obtenerse de ellas. El sujeto neoliberal es un “régimen de existencia”, un “ethos de autovaloración” cuyo principio articulador es la “racionalización del deseo” y la “ascesis del rendimiento”. El trabajo es su libertad (como el famoso lema de Auschwitz), el “emprendimiento” su herramienta. Laval y Dardot llaman “contraconductas” a todas aquellas prácticas de subjetivación, tecnologías del yo, orientadas a confrontar ese “modelo de la empresa de sí”. O por decirlo en palabras de Max Horkheimer, “quebrar la lógica de dominio” que este modo de entender el ser humano ha colonizado nuestros corazones.

Frente a esta subjetividad neoliberal cuando se leen los poemas de Laura Casielles uno tiene la sensación de encontrarse ante un contra-mundo emocional y psíquico. La mayoría de sus textos insisten en la ligazón social, en la ontología compleja y heterogénea de un “nosotr@s”, en el hecho de compartir el asombro de lo existente, aaí comoi también su dolor y contradicciones. Su poética y su literatura no pierde nunca de vista la comunicabilidad, la transferibilidad y el encuentro intersubjetivo, sabedor que categorías como “yo”, “ell@s”, “tú”, son siempre sedimentos inestables que se modulan en tensión permanente con la alteridad. Su poética no busca lo hermético, no persigue el cierre semiótico del misterio, porque el misterio (para esta poeta) es siempre un haz de realidades visibles y sumergidas al mismo tiempo. Frente a la subjetividad neoliberal, los poemas de Casielles delimitan un ser humano poliédrico, atravesado por las potencias de lo vivo que se escapan a cualquier ordenamiento racional e instrumental. El sujeto de estos poemas es un sujeto “en encuentro” permanente con lo/los otro(s), como si sólo en la comunión de lo humano fuera posible pensar otra forma de vida o, en su defecto, resistir los embates del oprobio. Así nos lo dice en este perturbador (y hermosísimo) poema:

Como entonces, como siempre

Voy a pedir ayuda a la hermandad lejana
Carlos Edmundo de Ory

Venid los justos de acción y de omisión,
los limpios de alma,
quienes tienen sucias las manos de cavar cimientos,

que vengan, como entonces, como siempre,
el poeta de la tribu y la cocinera
de las fuerzas de los mártires,

los de la palabra exacta,
los del abrazo presto,
venid,

venid aprendices de lo mismo y admirados maestros,
desconocidos compañeros de parecidas luchas,

las profetas,
las insultadas,
las inocentes,
venid las otras mujeres del corazón del hombre que amo,
primeras a las que salvar si se hundiera este barco,

los imposibles camaradas del insomnio
con quienes discutimos encendidos los leves matices de lo improbable,

venid

quienes compartís el sueño y las penurias que arrastra el sueño

venid

como entonces, como siempre,
venid hermanas del abismo y de los brotes:

            que está el cielo preñado de un presagio negro
            y ya sea para vencerlo o para caer
mejor será que estemos cerca.



Poética de la relación y de lo diverso

Pero el encuentro exige antes una desestabilización de la propia identidad, del propio yo. Y ahí emerge otra de las dimensiones esenciales del trabajo de Casielles: su fuerte conexión multicultural con otras realidades. No sólo porque haya pasado largas temporadas en Marruecos y Francia, ni porque haya viajado, no sólo porque haya vertido al castellano la obra imponente de Abdellatif Laabi, no sólo porque desde un punto de vista académico cifre sus investigaciones también en la literatura del Magreb, sino porque su poética es, como diría Édouard Glissant, una “poética de la relación”, un imaginario que permite comprender las fases y la interdependencia de situaciones de los distintos pueblos del mundo. Recuerda Glissant: “Lo que yo digo es que la noción de ser y de ser absoluto está vinculada con la noción de identidad de «raíz única» y de identidad exclusiva, y que si somos capaces de concebir una identidad rizoma, es decir, una raíz a la búsqueda de otras raíces, entonces lo que cobra relevancia no es tanto un presunto absoluto de cada raíz, sino el modo, la manera en que entra en contacto con otras raíces, esto es la Relación. A mi juicio, una poética de la Relación resulta más presente y más «apasionante», en la actualidad, que una poética del ser”.

A mi juicio, la poética de Casielles es una “poética de la relación”, una identidad rizoma. Una escritura que huye de cualquier categoría firmemente arraigada en la inmutabilidad. Paisajes, tiempos históricos, situaciones, incertidumbres, diferentes bagajes culturales, mundos distintos habitando este mundo, son los protagonistas de los poemas de esta autora. En “Los idiomas comunes” esta cuestión era materia fundante, en “Las señales que hacemos en los mapas” se transforma en auténtica indagación ética y estética, en “Breve historia de algunas cosas” forma parte de su ADN estilístico.



La complejidad de lo “diáfano”: lenguaje y feminismo.

La claridad compositiva tiene mala fama en poesía. Para unos la diafanidad es sinónimo de “sencillez”, “narratividad”, “inteligibilidad”, “racionalidad”, “universalidad”, y hacen de estas palabras fetiche y dogma, condenando a las catacumbas de lo prescindible toda aquella escritura que se sienta heredera de las vanguardias históricas y/o apueste por formas menos normativas de decir. Para otros, en cambio, lo diáfano es sinónimo de “popular”, de “merma de complejidad”, de cesión a la galería, en definitiva, una rebaja de la calidad literaria. Esta dialéctica fratricida y estéril ha atravesado muchas veces la poesía española. Laura Casielles es la demostración de que esta falsa dialéctica hace tiempo que fue superada. Llegar a la claridad compositiva es una tarea que exige rigor, dificultad, máxima precisión, construcción semiótica compleja. Lo diáfano no es aquello que se dice de un modo sencillo, sino aquello que siendo leído desde “las palabras de la tribu”, desborda, trastoca, modifica y complejiza esas mismas palabras de la tribu. La obra de Casielles, a mi juicio, se adscribe a esta categoría. Y lo hace además desde una dimensión ontológica y, si me apuran, existencial valiente: la de saberse una mujer en este mundo atravesado por la maquinaria patriarcal. Ahora bien, cuidado, que la mirada poética de Casielles sea feminista (y yo creo que lo es), no significa que se plegue a los dictámenes de un ordenamiento político. Muy al contrario, su poesía es una reivindicación del lenguaje por encima de cualquier otra cosa, pero de un lenguaje que relee y reescribe lo real a partir de una toma de conciencia sensible sobre la posición que la mujer tiene en el mundo. Su claridad nace de su precisión a la hora de entender esa posición, y de trenzarla (a través de esa poética de la relación y el encuentro) con el otro. Por ello, su adjetivación, su uso indistinto del yo y del nosotros, su libertad formal dentro de patrones clásicos, permite conectar con muchos lectores que se sienten interpelados por sus palabras. Aquí radica, creo, una gran virtud de su obra, la de poder enganchar con un público amplio sin perder un ápice de calidad y rigor, y sin ceder a sentimentalismos ni melodramas.  

Acabo ya con este poema, disfrútenlo tanto como he hecho yo:

Ejercicio

Todos los arqueros saben que para afinar la puntería
hay que entrenar el ojo:

tú que quieres lanzar tus flechas sobre el orden del mundo
tenlo en cuenta.
Escudriña miniaturas para no perder el don del detalle.
Contempla el universo para no perder el asombro de la infinidad.

Lleva tus ojos al horror para que no se engañen
y luego
observa largamente
el cuerpo amado.
Lleva tus ojos al mar para recordar que lo permanente se alimenta de lo que cambia.

Lleva tus ojos al desierto para comprobar que la suma de lo pequeño hace lo vasto.

Mira la nada alguna vez.

Mira lo hermoso siempre que puedas.

Mira también a veces
lo que no hay.

Baja los párpados.
Solo desde la pausa
se entiende algo.

Luego, vuélvelos a abrir.


Referencias bibliográficas:

Casielles, Laura (2010). Los idiomas comunes. Madrid: Hiperión.
    (2014). Las señales que hacemos en los mapas. Sevilla: Libros de la herida.
    (2017). Breve historia de algunas cosas. Logroño: Ediciones del 4 de agosto.

Glissant. Édouard (2002). Introducción a una poética de lo diverso. Barcelona: Ediciones del bronce.

Laval, Christian y Dardot, Pierre (2013). La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal. Barcelona: Gedisa.

Horkheimer, Max (2002). Crítica de la razón instrumental. Madrid: Editorial Trotta.




REUNIÓN DE ESCRITURAS



Todo poema abre un paréntesis, los mejores se olvidan de cerrarlo. Amén.
Ángel Cerviño


Ya saben, vaya por delante la etimología. “Exogamia” es el proceso biológico por el cual se produce el cruzamiento entre individuos no emparentados genéticamente que conduce a una descendencia cada vez más heterogénea. Conociendo como conozco a Ángel Cerviño, intuyo que este libro supone un paso más en su rigurosa, exigente y libérrima concepción de la escritura. Un despoblarse a sí misma, o mejor dicho, un mestizarse con otros registros de la lengua dando lugar a eso que Benito del Pliego denomina una “reunión de escrituras”. Pero vayamos más despacio…


Con/Contra la simbolización

Decía Lacan que “lo real es aquello que resiste a la simbolización”, es decir, ese “exceso de sentido causando una perpetua falla en el intento por constituir la objetividad social”. Estas palabras, me parece, nos podrían ayudar a rastrear uno de los estilemas fundamentales de Cerviño. Su noción del lenguaje poético como aquello que, para dar cuenta de lo real, acepta y asume el continuo desborde de lo real-mismo más allá de cualquier intentona por codificarlo mediante la simbolización. Su literatura (que no es literatura sino un “haz de textualidades” donde ensayo, poesía, narrativa, filosofía, psicología y sociología se inoculan entre sí) es una literatura de la “falla”, de la propia incapacidad del lenguaje para “apresar” lo real, para dotarlo de estabilidad semántica. El lenguaje poético de Cerviño, creo, es una escritura del “apeirón”, de lo indefinido e indeterminado. Una materia lingüística que (re)encarna la contingencia del mundo, su movimiento incesante, su inacabamiento permanente. Su poesía es “contra-simbolizadora” en la medida que acepta los límites ontológicos del símbolo como mecanismo de traducción de la vida. Pero al mismo tiempo es “(alterno)simbolizadora”, en la medida que, aun aceptando esos límites, prosigue tozudamente tras la búsqueda ideacional de la imagen capaz de capturar significaciones latentes de lo real. En este sentido, la poesía de Cerviño sería algo así como un “condensador de sentidos inmanentes”. Veamos un ejemplo:


XXX

EL ALMA HUMANA ESTÁ EN EL TIEMPO COMO LA SALAMANDRA EN EL FUEGO.

Razón práctica del alba / deseo
de ser asaeteado / húsar que vuelve de vacío

compostura del nunca acabar
anocheció in fraganti  / en su pupila ociosa

anublada / poco paró la luna*
en el agua del pozo / aún si candor no cuaja

garza de plegaria y devoción / pueril
al borde de los párpados / venías derrama
                                                               plumaje abajo

*¿Cuántos “luz de luna” (Mondschein) en libros de poesía que llevaban en sus mochilas los soldados de la Wehrmacht?



Una poesía “gerundial”

Ahora bien, una poesía como la suya que acepta el “apeirón” del lenguaje, no puede traducirse estilísticamente en una escritura afirmativa, totalizadora, prospectiva. Más bien ha de insertarse en eso que decía Pessoa: “Ser es, para mí, admirarme de estar siendo”. Los poemas de Exogamia pueden leerse como algo “que se está dando”, que deviene en el instante mismo de lectura. Nunca se estabilizan. Nunca quedan atrapados del todo. Su(s) sentido(s) escapa(n), se diluye(n), se reagrupa(n). Cuando vuelves sobre alguno de los textos días más tarde, obra el milagro de la reencarnación. No son ya los poemas que leíste antes, pues su escritura se ha vuelto una recomposición permanente de cualquier anhelo semantizador. Por eso lo denomino “poesía gerundial”. En definitiva, se trata de llevar a buen puerto la máxima mallarmeana que abre el libro: “La obra implica la desaparición elocutoria del poeta, quién cede la iniciativa a las palabras”. Son palabras en su hacer desnudo, en su “estar siendo”, las que protagonizan sus páginas. No los temas ni las supuestas voces que los sostienen. Ni tan siquiera el aparato crítico y bibliográfico que acompaña en veladura al final del libro. Son las palabras mismas, crudas, su desbocado hacer, su “no callar” indiferente a nuestra obstinada (y fracasada) obsesión por dotarlas de sentido.



Alquimias espacio-temporales

Y como en todo lo existente “gerundial”, el espacio/tiempo que habita no es lineal, único, prefigurado. Más bien lo contrario. Estaríamos ante un lenguaje poético que integra la “multitemporalidad”, que reconoce la propia disolución de esas categorías como arquitecturas cognitivas. Pasado, presente, futuro, aquí, allí, se entrecruzan sin solución de continuidad. Nunca sabemos exactamente cuándo ni dónde estamos al leer estos poemas. Sus territorios están en fuga permanente. Un ejemplo de ello lo tenemos en el ¿poema? XXII que no puedo trascribir porque es muy extenso. En este “haz de textualidades” (poema, microensayo, cuento…) asistimos a un personaje que, de manera fortuita, contempla un “supuesto” escenario teatral donde habla un perro. Todo es vago, impreciso, nebuloso, pero al mismo tiempo concreto, encarnado, tangible. En esa “falla” el tiempo parece detenerse. No sabemos si pasamos mucho rato o poco. Ni si estamos en un presente o, en el fondo, en un pasado/futuro que se elonga más allá de su supuesta continuidad. Obra la alquimia, la disipación alcalina de los referentes.


La “falla” constitutiva del lenguaje

Pero ya para acabar, volvamos al asunto central del libro. La cuestión de la “falla” del lenguaje. Si se me permite traer al plano de la poesía ciertos análisis sobre la subjetividad y la política que autores argentinos como Ernesto Laclau o Martín Retamozo han realizado, creo que podemos (re)leer Exogamia desde la siguiente interpretación hermenéutica. Si partimos, en línea con Lacan, que “lo real” sería todo aquello que se resiste a la significación, todo aquello que excede las posibilidades contingentes de una determinada arquitectura sociocultural, la poesía sería algo así como una “operación discursiva” que, o bien intenta proponer un cierto “orden de lo real” (ahí encontraríamos a determinadas escrituras objetivistas, figurativas, mal llamadas realistas), o bien persigue dar cuenta de esa “inestabilidad constante de lo real” (y ahí, a mi juicio, podríamos ubicar a las escrituras herederas de las vanguardias históricas). La poética de Cerviño, como es obvio, se encuadra dentro de este segundo ámbito. No obstante, sea de un modo u otro, y dado que el lenguaje (los “juegos de lenguaje” que diría Wittgenstein), es incapaz de producir un orden estable sobre lo real, hemos de reconocer que en su seno opera una suerte de “fisura constitutiva” (Retamozo lo denomina “jôra”), una “falla” indeleble. Ninguna estrategia discursiva (sea del tipo que sea, narrativa, poética, periodística, ensayística, etc.) puede estabilizar ese “exceso de significación” de lo real. Ahora bien, justo por eso, el lenguaje poético, o mejor dicho, las variantes del lenguaje poético que asumen la indeterminación ontológica de lo real, arbitran su “operación discursiva” en tanto mecanismo de apertura, una suerte de “autodeterminación del lenguaje” que busca, sobre todo, la constitución de un “tiempo de la lengua”. Por “tiempo de la lengua” me refiero a aquel espacio semántico capaz de desnaturalizar los sentidos hegemónicos del lenguaje heredado, así como la des-simbolización y des-identificación respecto de los sentidos y las estructuras estilísticas de esos mismos lenguajes hegemónicos. Exogamia, creo, pertenece a ese linaje de libros que propician un “tiempo de la lengua”, que buscan desanclar nuestros lenguajes y nuestra cognición de los sentidos hegemónicos heredados. Y por eso me parece necesario, recomendable y fascinante.


Acabo ya. Por favor, no se pierdan el prólogo de Benito del Pliego ni el postfacio de Maurizio Medo. Más allá de ayudarnos a entrar en esta obra, se comportan como toda una lección de poesía contemporánea. Nos ayudan a entender las mutaciones, las apuestas y los riesgos, de las escrituras que hoy en día tratan de huir de cualquier tipo de estabilización. Un lujo.